Bob Noyce y la antiempresa que cambió el mundo

  • ESCRITO POR:
    Tom Wolfe
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Ayer, 15 de mayo de 2018, el mundo despidió a Tom Wolfe, escritor estadounidense considerado el padre del "Nuevo Periodismo". Lo recordamos con una de sus fascinantes historias, la de Robert Noyce, un pueblerino de los maizales de Iowa que en 1959 se inventó el microchip y, con sólo 29 años, descubrió la multimillonaria "Ruta hacia el Dorado". 


Grinnell, Iowa, era en 1948 un fragmento de la historia de mediados del siglo XIX trasplantado en pleno siglo XX. La gente del Este jamás habría imaginado que un pueblo del medio Oeste acabaría convirtiéndose en el punto de partida de una revolución que había de crear la red electrónica y que constituiría el sustrato de la vida en los años posteriores.

En el verano de 1948, cuando tenía 45 años, Grant Gale, un profesor de física de la Universidad de Grinnell, leyó una nota en un periódico donde se mencionaba a John Bardeen, quien con otro ingeniero, Walter Brattain, habían inventado un novedoso dispositivo llamado transistor. Al parecer, el transistor cumplía la misma función que el tubo de vacío, un componente esencial del sistema del teléfono y la radio. La noticia ocupaba un sitio secundario en las páginas interiores; la invención no saltó a los titulares de los periódicos. Uno de los estudiantes de física del último curso era un muchacho del pueblo llamado Robert, "Bob", Noyce, a quien Gale conocía desde hacía años. Bob y sus tres hermanos hacían pequeños trabajos para la familia Gale, como rastrillar las hojas secas del jardín, cortar el césped o cuidar a los niños. En los últimos tiempos, Bob había dado muchos quebraderos de cabeza. Al igual que sus hermanos era buen estudiante, pero acababan de expulsarlo de la facultad por un semestre. El padre de Bob era pastor de la iglesia congregacionalista. Nadie negaba que los hermanos Noyce mantenían una apariencia de amabilidad y decoro. Eran miembros de los Boy Scouts. Asistían a la escuela dominical, participaban en los grupos juveniles de la parroquia...rebosaban devoción. Los Noyce no tenían vivienda propia. En Grinnell, a diferencia de lo que ocurría en el Este, eso no implicaba un desprestigio. Allí no había gente de postín. No existía clase alta que llevara la cuenta de los progresos sociales de los demás. La pobreza de los virtuosos no constituía motivo de deshonra. La ostentación, en cambio, sí. 


Ingeniero nadador
 
A pesar de su evidente pasión por la ciencia, Bob resultó ser uno de esos raros especímenes de los que tanto se habla: el alumno polifacético. Era un muchacho de metro ochenta de estatura, esbelto y musculoso, con una tupida melena castaña oscura, barbilla angulosa y una nariz larga y ancha que endurecía sus facciones. Era el mejor buceador del equipo de la universidad. Cantaba en el coro, tocaba el oboe y era miembro del grupo de teatro. También había participado en el taller universitario de radio y era protagonista de una serie emitida par la WOI en Ames, Iowa. En mayo de 1948, Bob y un grupo de amigos de la residencia estudiantil decidieron celebrar una fiesta hawaiana. El plato principal era un cochinillo asado. Puesto que Bob era fuerte y veloz, fue uno de los elegidos para conseguir el cerdo. Esa noche él y un amigo entraron a hurtadillas en una granja de las afueras, sacaron un animal de 12 kilos y regresaron al lugar de la fiesta donde los recibieron con aplausos.     
A la mañana siguiente llegó la resaca moral. Decidieron ir a ver al granjero agraviado, confesar su delito y pagar el cerdo. El granjero llamó al sheriff. El acuerdo alcanzado con la ayuda de su profesor, Grant Gale -la suspensión de Bob durante un semestre- era en términos realistas, el mejor al que podía aspirar el joven. Gale se quedó impresionado al ver la forma en que Bob Noyce se tomaba la cuestión. Las miradas asesinas de los habitantes del pueblo no consiguieron minar su seguridad en sí mismo. Todos los Noyce tenían una profunda y sorprendente autoestima. Bob escuchaba y miraba a los demás de una manera peculiar. Bajaba ligeramente la cabeza y clavaba unos ojos que parecían irradiar cien vatios. Cuando fijaba la vista en alguien, no parpadeaba ni trababa saliva. Absorbía todo cuanto le decían y luego respondía con una serena voz de barítono, y a menudo con una sonrisa que revelaba su perfecta dentadura. La mirada, la voz, la sonrisa...todo recordaba la pose cinematográfica de uno de los ex alumnos más célebres de la universidad de Grinnell: Gary Cooper. Bob Noyce producía lo que los psicólogos llaman el "efecto halo". Las personas con esta característica parecen saber exactamente lo que hacen y, sobre todo, consiguen que uno los admire por ello. En sus primeros tres años en la universidad, Bob había acumulado tantos créditos que sólo le quedaba un semestre para graduarse. Se reincorporó a la universidad después de haber tenido un empleo temporal en una compañía de seguros. Lo que más alegró a Gale, su profesor, fue que Bob se involucrara en el estudio del nuevo dispositivo experimental: el transistor. En otoño se marchó al Instituto tecnológico de Massachusetts (el MIT), en Cambridge, para iniciar sus estudios de doctorado. Cuando planteó el tema del transistor en el MIT, todos quedaron atónitos. Incluso los que habían oído hablar del invento sólo lo veían como un simple juguete fabricado por la compañía telefónica. No existía ningún curso de doctorado sobre transistores o la electrónica del estado sólido; era una disciplina en la que MIT se hallaba muy por detrás de la Universidad de Grinnell. 


Cerebros desertores

Grant Gale fue el primer físico importante en la vida de Bob Noyce. El segundo se llamaba William Shockley. Noyce y él, en muchos sentidos, se parecían. Para empezar, los dos eran aficionados a las artes escénicas. En el MIT, Noyce había cantado en el coro. A principios del verano de 1953, después de obtener el título de doctor, participó como cantante y actor en una serie de musicales de la Universidad de Tufts. La encargada del vestuario era una joven llamada Elízabeth Bottomley, que acababa de terminar estudios de filología inglesa. A ambos les gustaba el arte dramático. Cantar, actuar y esquiar eran los pasatiempos favoritos de Noyce. Se casaron en otoño de ese mismo año. El chip 1103 abrió las puertas a un campo tan lucrativo que otras compañías lucharon a brazo partido para ocupar al menos el segundo puesto.

Shockley había sentado las bases teóricas de la investigación de los semiconductores en estado sólido. Se estableció al sur de Palo Alto, California, en un edificio de cemento con vigas a la vista y llamaba a su equipo de trabajo experimental como su "taller de doctores". En 1956, Noyce renunció a un empleo en Philadelphia y se trasladó a California para trabajar con Shockley. La forma en que lo hizo es un ejemplo típico de su gran seguridad en sí mismo. Para entonces Bob y su esposa tenían dos hijos, uno de dos años y otro de seis meses. Después de mantener un par de conversaciones telefónicas con Shockley, Noyce y su familia viajaron desde Philadelphia a San Francisco en un vuelo nocturno. Llegaron a Palo alto a las seis de la mañana. A medio día, Noyce ya había firmado el contrato de compra de una casa. Esa tarde fue a ver a Shockley para solicitarle un empleo, proyectó su halo y lo consiguió. Los primeros meses en el taller de doctores de Shockley constituyeron una apasionante revelación para Noyce. Cada día, una docena de jóvenes doctores en electrónica llegaba a las ocho de la mañana y empezaba a calentar los hornos de germanio y silicio...las batas blancas ondeaban, los científicos observaban por el microscopio y Shockley se paseaba de mesa en mesa, dirigiendo la misteriosa sinfonía. El 1 de noviembre de 1956, Shockley llegó luciendo una sonrisa de oreja a oreja. Momentos antes lo habían llamado por teléfono para comunicarle que había ganado el premio Nobel de física por la invención del transistor y compartía el premio con John Bardeen y Walter Brattain. Invitó a su taller de doctores a un desayuno con champán. Aquel fue un gran día en el Shockley Semiconductor Laboratory. Pero no hubo muchos más. A Shockley jamás se le había ocurrido pensar que sus expertos subordinados podían tener un concepto de si mismos semejante al suyo: es decir, creer que eran jóvenes genios capaces de invenciones merecedoras de un Nobel. Además ahora que se había convertido en empresario, buscaba nuevas formas de gestionar su compañía que irritaban a la gente, hizo públicos los sueldos, hizo que los empleados se calificaran unos a otros, puso detector de mentiras...y había diferencias de fondo en el trabajo. Las causas de lo que sucedió a continuación fueron la insatisfacción de sus empleados con su jefe y el atractivo de una aventura comercial independiente. En el verano de 1957, nació la idea que convertiría el negocio de los semiconductores en un mundo tan salvaje como el del espectáculo: la fuga de cerebros.


El Microchip

Los siete desertores, con Noyce como investigador y administrador, contrataron los servicios de Hayden Stone, una firma de Wall Street, para que les consiguiera el capital necesario para empezar. Noyce tenía 29 años. Luego de proponer el proyecto a 22 compañías, Fairchild Camera and Instrument Corporation de Nueva York acabó aceptándolo. La empresa se ubicó al otro lado, en el entonces agrícola Valle de Santa Clara, pleno Oeste, que después ellos convertirían en el legendario Silicon Valley. No había podido nacer en mejor momento. La carrera espacial tuvo el efecto de combinar dos inventos nuevos -el transistor y el ordenador- y magnificar la importancia de ambos. El primer ordenador electrónico estadounidense, llamado ENIAC, fue creado por el ejército durante la Segunda Guerra Mundial con el propósito de computarizar la trayectoria de la artillería y las bombas. Aquel artefacto era un auténtico monstruo. Con 30 metros de longitud y tres de altura, utilizaba 18 mil tubos de vacío. Generaba tanto calor que la sala donde se encontraba alcanzaba a veces los 52 grados centígrados. El gobierno necesitaba ordenadores más pequeños que pudieran instalarse en los cohetes y proporcionar información a bordo. Reemplazar los tubos de vacío por transistores era el método óptimo. Los términos ordenador y miniaturización adquirieron una importancia trascendental. Noyce presentó un circuito integrado hecho de silicio, que se convirtió en prototipo industrial. Noyce sabía exactamente lo que tenía en su circuito integrado, o microchip, como lo llamaba la prensa. Sabía que había descubierto la Ruta hacia El Dorado.
 

El jefe en camiseta  

Se abría un mundo de posibilidades que permitían crear ordenadores muchísimo más pequeños, poner todas las funciones del poderoso ENIAC en un panel del tamaño de un naipe y aplicar el circuito integrado a todos los campos de la ingeniería imaginables, desde los viajes a la luna hasta la creación de robots, y otros que nadie había imaginado como la terapia psicológica por Internet. El jefe, John Carter, nombró a Noyce gerente general de la Fairchild Semiconductor, que de buenas a primeras se había convertido en una de las firmas más populares del mundo.

La Nasa escogió el circuito integrado de Noyce y a partir de ese momento empezaron a llover los pedidos. Un día John Carter llegó de Nueva York a California para ver de cerca el proceso de fabricación de los semiconductores. Entró al edificio de cemento en el asiento trasero de una limusina Cadillac negra, conducida por un chofer que permaneció esperándolo sin moverse durante casi 8 horas. Se lo pasaba en grande interpretando el papel de jefazo. Esa pequeña estampa del estilo de vida de los altos cargos de Nueva York resultaba, en el valle de Santa Clara, sumamente "indecorosa". Las corporaciones del Este adoptaban una postura feudal ante la organización. Había reyes, caballeros, vasallos, soldados, siervos, con grados de protocolo e incentivos que simbolizaban superioridad y delimitaban los distintos niveles jerárquicos. En el Este, por ejemplo, los despachos de los ejecutivos eran parecidos a una suite de una mansión lujosa. Noyce se percató de lo mucho que detestaba el sistema de clases y rangos de las empresas donde los que ocupaban los peldaños más altos se conducían como si fueran miembros de la corte real o de la aristocracia. El no quería establecer una jerarquía social en Fairchild. No sólo no habría limusinas. Pese a ser el gerente, Noyce pasaba la mitad del tiempo en el laboratorio, trabajando con su bata blanca. Llegaba vestido de americana y corbata, pero pronto se las quitaba, y nadie impedía que los demás empleados hicieran lo mismo. No existían reglas de indumentaria aunque parecía haber un acuerdo tácito al respecto. La vestimenta debía ser decorosa, tanto en el sentido social como en el moral. En Fairchild no se veían trajes de raya fina y chaqueta cruzada ni corbatas a cuadros. La ropa elegante, de última moda o provocativa se consideraba inapropiada. El desaliño no era un pecado. La ostentación, sí. 

Toda la plantilla había hecho suyas las metas de la empresa. No necesitaban órdenes de superiores. Además !Todos eran tan jóvenes! Noyce, el administrador, el coordinador jefe o como quieran llamarlo, era una de las personas de más edad y apenas superaba los 30. Noyce ni siquiera se molestó en buscar "directivos con experiencia". Allí, en California y en la industria de los semiconductores, esa clase de personal no existía. En cambio reclutaba ingenieros recién salidos de la universidad y enseguida delegaba en ellos importantes responsabilidades. Las decisiones importantes no se tomaban siguiendo una cadena de mandos. Noyce se reunía semanalmente con personas de las distintas secciones operativas y cualquier asunto que requiriera solución se resolvía en el acto. En las convencionales empresas del este, un empleado debía pedir autorización a uno, dos o tres superiores, o incluso a una junta entera, procedimiento que suponía días o semanas de papeleo burocrático. Noyce lo cambió todo. Llamaba al nuevo método la "ruta corta del papel". !El espíritu de la etapa de gestación! ¿Cómo olvidar el entusiasmo de los primeros años? ¡Ser joven y libre en el reino del silicio! Era la viva imagen del principio religioso según el cual, cuanto mayor es la libertad -por ejemplo la libertad de vestir como a uno le apetezca, mayor es la obligación de uno disciplinarse.


Intel, no una empresa sino una comunidad

La nueva raza de Silicon Valley vivía para el trabajo. Un ingeniero vivía bajo la presión constante, pues se esperaba que reinventara el circuito integrado. El propio Noyce lideraba la carrera. En 1959 había introducido un circuito eléctrico completo en un chip de silicio del tamaño de una uña. En 1968 había patentado una docena de circuitos integrados y transistores nuevos. Y la miniaturización permitía hazañas verdaderas. En 1968, Noyce y Gordon Moore decidieron independizarse. Les disgustaban demasiadas cosas de la empresa acartonada del Este, anclada en los absurdos problemas de la burocracia y la gestión de personal. Montaron Intel con 12 brillantes ingenieros jóvenes. Se introdujeron en el sector menos investigado de la tecnología informática: el del almacenamiento de datos o memoria. Dos años después habían desarrollado el chip de memoria 1103, un chip de silicio y post silicio del tamaño de dos caracteres tipográficos. El chip 1103 abrió las puertas a un campo tan lucrativo que otras compañías, incluida la Fairchild, lucharon a brazo partido para ocupar al menos el segundo puesto y hacerse cargo de los pedidos millonarios que Intel no podía atender. Cuando se instalaron, Noyce empezó a trabajar en un escritorio metálico de segunda mano, lleno de arañazos. La compañía empezó a expandirse y Noyce conservó su viejo escritorio, mientras que las mecanógrafas recién contratadas recibían mesas más nuevas, grandes y mejores. El disfrutaba subvirtiendo las reglas de protocolo. En Intel no había comidas de ejecutivos. En Nueva York , los ejecutivos veían el almuerzo como el festín diario de la aristocracia. Contrataban cocineros de Europa y Oriente. Pasta primavera, Saucisson, Mousse de acedera, Homard cardinal, Terrina de légumes Montesquieu, Paillard de pichon....!Y los vinos!, !Los coñacs!, !el oporto!... !y la decoración de Halston! !Y los camareros y Maitres que recibían al personal efusivamente hablándole con un acento francés de película delante de los amigos.
En Intel las comidas eran muy distintas. Uno sabía cuándo era medio día porque a esa hora muchos hombres de bata blanca cruzaban la puerta principal jadeando a causa del peso de las bandejas que cargaban. Bandejas llenas de emparedados y vasos de plástico.


A las 8 en punto

En las reuniones se explicaba la doctrina general de Intel mediante el método socrático, en seminarios de gestión empresarial dirigidos por el número tres de Intel, Andrew Grove. Grove decía por ejemplo "¿Cómo resumirían el enfoque de Intel?" Se alzaban muchas manos, Grove escogía una y el entusiasta expositor respondía: "En Intel, uno no espera que otro haga las cosas. Recoge la pelota y echa a correr con ella". Y Grove corregía: "No, en Intel, uno recoge la pelota, la desinfla, la dobla y se la mete en el bolsillo. Después busca otra pelota, corre con ella y cuando ha llegado a la meta, saca la primera pelota del bolsillo, la infla y marca doce puntos en lugar de seis. "
No tenía inconveniente en gastar dinero; lo que le molestaba era hacer ostentación de él.

Grove era el individuo más pintoresco del grupo. Un hombre delgado, treintañero, con una mata de apretados rizos negros en la cabeza. Todos los días llevaba un jersey de cuello cisne o una camisa cuyo cuello abierto mostraba una cadena. Era la viva imagen del principio religioso según el cual, cuanto mayor es la libertad -por ejemplo la libertad de vestir como a uno le apetezca-, mayor es la obligación de uno disciplinarse. El atuendo de Grove parecía siempre impecable. Era un tanto obsesivo con la pulcritud y el orden. A Noyce se le tenía por hombre estricto, pero cortar cabezas no era lo suyo y nunca hablaba de venganza. No toleraba pecadillos como sacar cantidades de efectivo de la caja con la intención de devolverlas el lunes. Su severa mirada y su aire a lo Gary Cooper no sólo resultaban estimulantes sino que a veces tenían el poder de mortificar. Aunque estuviera enfadado, jamás alzaba su voz de barítono. Parecía un ser poderoso que hacía un esfuerzo sobrehumano por controlarse. Creaba la impresión de que si lo provocaban, lucharía. En consecuencia, rara vez necesitaba hacerlo. Nadie se atrevía con Bob Noyce.


No cabe el sindicato

Noyce logró crear un universo ético en un medio intrínsecamente amoral: La empresa estadoudinense de la segunda mitad del siglo XX. En Intel existían el bien y el mal, la libertad y la disciplina, y curiosamente los empleados asimilaban esas creencias como si fuesen miembros del ejército de Cromwell. Cuando la plantilla de Intel creció y los beneficios se dispararon, los sindicatos intentaron organizar a los trabajadores. Discretamente, Noyce dio a entender que consideraba la sindicalización como una amenaza de muerte contra Intel. Las batallas entre obreros y la patronal formaban parte del retrógrado sistema del Este. Si Intel se dividía entre trabajadores y jefes, lo que sugería que cada grupo tendría que exprimir al otro para sacar beneficios, ello significaría el fin de la empresa. La motivación ya no sería interna, se materializaría en el mortífero sistema de reglas de trabajo y procedimientos conciliatorios. La única vez que se celebró una votación, el sindicato perdió por el considerable margen de cuatro a uno. 


Microprocesador

Esto era sólo el principio. Un ingeniero de 32 años de Intel, Ted Hoff, inventó un dispositivo tan importante como lo había sido el circuito integrado de Noyce una década antes: el microprocesador. Pasó a conocerse como el ordenador en un chip. Noyce tomó la victoria como la confirmación de una hipótesis: si uno creaba una comunidad empresarial, una congregación que respetara la autonomía, el genio había de acabar floreciendo. Y de hecho florecieron también los beneficios para la empresa La noticia de la invención del microprocesador, sumada al éxito del chip de memoria 1103, prácticamente triplicó el valor de las acciones de Intel entre 1971 y 1973. Noyce seguía viviendo en su primera casa, ubicada en un barrio que no era, precisamente, el más lujoso. No tenía inconveniente en gastar dinero; lo que le molestaba era hacer ostentación de él. Era uno de los individuos más ricos, así como el personaje más importante del medio, pero su nombre rara vez aparecía en la prensa. Cuando aparecía era en la sección de economía y no en la de sociedad. Esa era otra constante en el mundo de los nuevos ricos de Silicon Valley.

 

** Sobre Tom Wolfe

Hijo de un agrónomo y una diseñadora, estudió literatura y periodismo en la Universidad Washington and Lee tras rechazar la oferta de ingresar en la Universidad de Princeton. Después de graduarse en 1952, intentó dedicarse al béisbol pero desistió al declararse sin condiciones para ello. En sus inicios fue un colaborador de The Washington Post, Enquirer y New York Herald.

Wolfe, quien se definía políticamente como «un demócrata a lo Jefferson expresó en varias oportunidades ser un «reivindicador de Balzac», desde un punto de vista cultural y estilístico, lo que le llevó a ser calificado como «El Balzac de Park Avenue».

Acerca de su obra, afirmaba que su objetivo como escritor de ficción era retratar a la sociedad contemporánea de acuerdo al realismo, siguiendo la tradición literaria de John Steinbeck, Charles Dickens y Emile Zola, usando técnicas adoptadas del periodismo. De hecho, las primeras obras de Wolfe consistían en ensayos críticos y no fue hasta 1987 que escribió su primera novela, a la cual tituló La hoguera de las vanidades.

Respecto a dos de sus obras, La hoguera de las vanidades y Todo un hombre, comentó que ambas afirman la necesidad de que las novelas que surgieran del realismo, y en su caso provenían de una búsqueda cuidadosa o del reportaje, dando importancia al entorno social de sus personajes como medio para explicar sus ideas y conductas, explorando los temas de sexo, raza, dinero e ideología como elementos divisorios y al mismo tiempo integradores de la sociedad estadounidense.

La obra de Tom Wolfe pasó por varias etapas, fue marcada en los años sesenta por una defensa de la llamada cultura pop y en las décadas siguientes por radicales polémicas en contra del narcisismo de los años 1980 y atacando políticamente a los liberales, así como cuestionando al mainstream intelectual estadounidense en temas como la arquitectura, el arte moderno o la propia literatura. En 2001 recibió la National Humanities Medal.

Wolfe se declaró ateo y en el año 2007 afirmó que en las elecciones presidenciales del 2004 votó por la reelección del presidente estadounidense George W. Bush, de quien dijo ser admirador. Una de sus costumbres características era aparecer siempre vestido con un traje de color blanco en sus apariciones públicas.