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La naturaleza es nuestra primera maestra: Entrevista con Ana Carolina Cardona

La naturaleza es nuestra primera maestra: Entrevista con Ana Carolina Cardona

Conversamos con Ana Carolina Cardona, ingeniera biológica y magíster en estudios de ciencia, tecnología, sociedad e innovación, quien lideró el diseño de experiencias educativas basadas en la naturaleza, para el proyecto Alianza Biofilia liderado por el Parque Explora y siete instituciones. 

En esta entrevista, nos comparte qué significa hablar de APRENDIZAJE BASADO EN LA NATURALEZA y cómo esta metodología, que hoy es central para el equipo de Educación del Parque Explora, ha transformado su propia mirada sobre otras formas de aprender.


¿Qué es el aprendizaje basado en la naturaleza?


Es una metodología que busca centrar el aprendizaje en lo que ocurre en la naturaleza y no únicamente estudiarla en los libros. Hoy, lo más común es aprender ciencias naturales desde el papel y olvidamos que afuera podemos aprender directamente de la naturaleza. La idea no es solo leer cómo se comunican las aves, sino salir al barrio a observarlas, escucharlas y descubrir qué pasa con ellas en su propio entorno. 


El aprendizaje al aire libre, lo experiencial y lo sensorial son piezas clave de esta metodología. Aprender en la naturaleza significa sentirla, dejar que atraviese nuestro cuerpo y comprender no solo desde los conceptos, sino también desde lo que percibimos allí. Es también, un giro epistémico como respuesta a la Revolución Industrial, cuando la vida en las ciudades intensificó la desconexión entre los humanos con lo “verde”, lo rural y con otras especies. 


¿En qué se diferencia el aprendizaje basado en la naturaleza de la educación ambiental?

La educación ambiental está muy centrada en lo antropocéntrico; en ¿cómo reciclamos?, ¿cómo limpiamos el agua?, ¿cómo hacemos esto o lo otro para que los humanos estemos bien? Siempre hacia lo humano, sin poner en evidencia que todo, lo humano y no humano está conectado. 

En cambio, con el aprendizaje basado en la naturaleza se plantea un cambio de paradigma; de lo antropocéntrico a lo ecocéntrico, un giro.


¿Qué aprendizajes no tan obvios puede potenciar esta metodología?

Tú piensas: “vamos a aprender ciencias naturales”, pero en realidad con el aprendizaje basado en la naturaleza podemos aprender desde diferentes disciplinas e inspirarnos de muchas formas.

La naturaleza, por ejemplo, nos inspira desde el diseño y la tecnología. Eso es la biomímesis: veo lo que hace la naturaleza, cómo resuelve algo, y me inspiro. Hacer, no sé, un buzo impermeable inspirado en el plumaje de las aves, por poner un ejemplo sencillo.

Todo esto muestra que no se trata solo de entender la fotosíntesis o los procesos de las plantas, sino de reconocer cómo la naturaleza, en su complejidad, se inserta en la vida social y nos ayuda a enfrentar problemas creados por nosotros mismos.

Y, en lo educativo, el aprendizaje basado en la naturaleza tiene un valor extra: activa la mirada científica, la observación y la curiosidad, pero también involucra el cuerpo y la emoción. Nos enseña a conectar con la empatía, a valorar lo que ocurre.  No es solo entender cómo funciona la naturaleza, sino también cómo se está fracturando. Y eso desemboca en un ejercicio de pensamiento crítico y de acción ciudadana.

¿Cómo ha implementado el aprendizaje basado en la naturaleza el equipo de Educación del Parque Explora?

Con el proyecto de Alianza Biofilia, llegó una oportunidad de actualizar los contenidos relacionados con educación ambiental del Parque Explora y pensar en nuevas formas de trabajar.

Propusimos que el aprendizaje basado en la naturaleza fuera uno de los enfoques principales, sumado al aprendizaje basado en el lugar y el art thinking. Esto significó no solo hablar de temas ambientales, sino reconocer el contexto, lo sensorial y lo creativo como parte de aprender.

A partir de ahí, diseñamos tres tipos de talleres. Primero, los autogestionados, experiencias tipo “hazlo tú mismo” que las personas podían descargar y realizar de manera individual o en comunidad. Algunos de ellos invitaban a salir al barrio, hacer un gabinete de curiosidades, registrar el paisaje sonoro o construir refugios para insectos.

Luego, los talleres mediados, que tenían una estructura inspirada en el concepto de aprendizaje fluido. Organizamos cada experiencia en cuatro momentos, y cada momento se asoció a una especie colombiana: la nutria representaba el inicio juguetón; el carriquí de montaña, la atención y la inteligencia; el oso de anteojos, el momento central de creación; y el delfín rosado, el cierre colectivo, más sociable y conversador. Esa metáfora nos ayudaba a darle ritmo a cada taller.

Finalmente, los talleres masivos, llamados Inspírate y Actúa, que buscaban un punto medio entre una charla y un taller virtual. Eran encuentros con expertos y expertas que, además de inspirar, proponían una acción concreta para quienes participaban. Uno de los más potentes fue el de ecoansiedad frente a la crisis ambiental: construimos un mapa de emociones y relatos. Fue muy bonito ver cómo las personas compartían recuerdos significativos en la naturaleza, pero también se evidenció el dolor y la angustia por la transformación de estos lugares que habían sido importantes para ellas.

De toda esta experiencia nos quedó una frase que se volvió nuestro lema: la naturaleza es nuestra primera maestra.

¿Cuáles fueron tus talleres o experiencias favoritas?

El taller de Gabinete de curiosidades me gustó mucho porque está inspirado en un libro que ve la ciudad como un museo. Me parece muy bonito porque invita a salir, cambiar la mirada y actuar como curadores, a relacionarnos con lo cotidiano de otra manera y también a ser pequeños creadores. Es aprender en la naturaleza, pero también narrar lo que ocurre día a día.

Sin embargo, creo que lo más potente han sido los productos escritos, especialmente en Somos naturaleza. Ahí las personas se conectaron mucho con otras especies y escribieron relatos empáticos: “yo soy una pava”, “yo soy un frailejón”. También las Cartas al futuro fueron muy bellas, porque rescatan la esperanza y traen miradas de saberes tradicionales como soluciones a problemas actuales.

¿Cuál es la diferencia entre aprender en la naturaleza y aprender de la naturaleza?

Cuando hablamos de aprender en la naturaleza, reconocemos que no estamos fuera de ella, sino dentro. Ya no somos observadores externos, sino parte del escenario. Es como en el teatro: se rompe la pared que separa al espectador de la obra y nos convertimos en actores dentro de ella.

Aprender de la naturaleza, en cambio, puede quedarse en un lugar más externo: observar cómo construyen las abejas, cómo una semilla tiene aerodinámica, y luego inspirarnos en esos procesos. Eso también es valioso, por ejemplo en la biomímesis o en soluciones basadas en la naturaleza, donde tomamos ideas de lo vivo para resolver problemas humanos.

Pero aprender en la naturaleza nos da la oportunidad de meternos en la escena, de romper esa pared como en el teatro, y ser parte de ese escenario. Nos invita a sensibilizarnos y a vivir los ritmos de lo natural, no solo a observarlos desde afuera.

¿Qué referentes o experiencias te han inspirado?

En Colombia hay organizaciones que han sido pioneras en este trabajo al aire libre, como OPEPA. También hemos mirado metodologías internacionales, por ejemplo las llamadas escuelas Coyote, que desarrollan experiencias muy completas en la naturaleza.

Creo que mucho de este enfoque también está en movimientos como los scouts, en pedagogías como Waldorf, en los colegios sostenibles que promueven el compostaje o el contacto directo con huertas y semillas. Incluso en las comunidades guardianas de semillas, que muestran cómo aprender de lo vivo a través de prácticas agroecológicas.

Al final, todos ellos comparten una intuición muy clara: la naturaleza es, y siempre ha sido, nuestra primera maestra.

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