Coloquio de astronomía: Los otros océanos de la Tierra
El primer océano. En sus inicios, hace más de 4.5 mil millones de años, la Tierra era un mundo inhóspito, cubierto por un océano de magma. A medida que la superficie se enfriaba, los gases volcánicos, condensados en las primeras lluvias, formaron los océanos primigenios, que no albergaban vida alguna.
El segundo océano. Entre 4.1 y 3.8 mil millones de años atrás, durante el Bombardeo Intenso Tardío, la Tierra fue impactada por numerosos asteroides y cometas, que no solo trajeron más agua, sino también compuestos orgánicos esenciales para el posterior surgimiento de la vida.
El tercer océano: el actual. Hace unos 2.4 mil millones de años aparecieron y proliferaron las cianobacterias. El oxígeno que liberaron al hacer fotosíntesis reaccionó con los minerales y cambió de manera drástica la composición química de la atmósfera y los océanos. Los hizo más azulados, más claros, y permitió la evolución de formas de vida más complejas.
Pero la historia del agua no comienza en la Tierra. La molécula de H₂O es una de las más antiguas y abundantes del universo, formada ya después de la muerte de las primeras estrellas. Hoy sabemos que el agua está presente en nubes interestelares, cometas, lunas y atmósferas planetarias.
En el sistema solar, hay agua también en los hielos de lunas como Europa, Encélado, Ganímedes o Calisto. Y todo indica que Marte y Venus pudieron haber tenido océanos como la Tierra, pero los perdieron. Incluso los gigantes helados, Urano y Neptuno, poseen océanos profundos y extremos, cubiertos por una capa de “hielo caliente”.
Ven al Planetario de Medellín el viernes 6 de junio a las 7 p.m. y participa sin costo en un nuevo episodio del Coloquio de Astronomía. Además de estos océanos, conoceremos otros que no son de agua, como los mares y lagos de Titán, la luna de Saturno, compuestos de metano y etano líquidos, o el océano interior de Júpiter, formado, al parecer, de hidrógeno metálico.
Allí donde hay un océano —de agua, de metano o de hidrógeno— hay también una promesa: la de mundos activos, complejos, quizá vivos. Mirar esos mares es, en el fondo, una forma de volver a preguntarnos por nuestro propio lugar en el universo.

