Maratón de avistamiento sostenible de ballenas
Inscríbete aquí a los talleres para niñas y niños
El próximo 20 de junio nos encontraremos con científicos y profesionales del CEMarin, la Universidad Nacional, la Fundación Macuáticos Colombia, la Fundación R&E Ocean Community Conservation y la Universidad Pontificia Bolivariana, junto a representantes de las comunidades del golfo de Tribugá: conoceremos investigaciones y proyectos comunitarios que hoy trabajan para impulsar el avistamiento respetuoso de ballenas jorobadas en el golfo de Tribugá.
En Parque Explora tendremos:
EN LA MAÑANA: talleres para niñas y niños con inscripción previa.
EN LA TARDE: conversaciones, coloquio, documental y performance sonoro.
Revisa la programación detallada en las imágenes de la derecha 👉
Cada año, las ballenas jorobadas (Megaptera novaeangliae) de la población Stock G emprenden un extenso viaje desde las aguas heladas de la Antártica hasta el cálido y biodiverso golfo de Tribugá en el Pacífico colombiano. Estas viajeras recorren miles de kilómetros para reproducirse y dar vida.
Al llegar a nuestras costas, las comunidades locales las reciben con una frase: “Estas ballenas son chocoanas”. Porque es aquí donde se reproducen y nacen sus crías cada año.
Durante cuatro a seis meses, estos grupos de ballenas no prueban alimento. Su dieta habitual, el kril, habita en las heladas aguas del sur, lejos de este cálido refugio. Aquí, guardan su energía para las crías en camino: para amamantar y enseñar a sus crías a respirar, a nadar, y enfrentar el océano. Y los machos, para competir y cantar por una hembra que les permita tener descendencia.
Este fenómeno, hermoso y sobrecogedor, hace que el avistamiento de ballenas sea una oportunidad turística. Sin embargo, junto al asombro, crece también la preocupación. Lo que comenzó como celebración corre el riesgo de transformarse en amenaza.
Ver a las ballenas no debe significar invadirlas. Admirarlas no implica poseerlas. Ellas no están aquí para nosotros, no son postales vivientes ni espectáculos diseñados para satisfacer nuestras vanidades. Están aquí porque este es su hogar, porque esta es su ruta milenaria de vida y renacimiento.
Las ballenas viven, sienten, cuidan, sufren y cantan. Y su permanencia en el mundo no depende solo del conocimiento científico ni de las decisiones institucionales: depende, sobre todo, de la ética con la que las observamos y del respeto que les ofrecemos.
Quienes llegan a estas costas como turistas deben hacerlo con un profundo sentido de responsabilidad: avistar ballenas es un acto de humildad y de contemplación consciente. No se trata únicamente del deber de los científicos, las autoridades o las comunidades locales que ancestralmente han convivido con ellas. El compromiso es también del turista, del visitante, de quien observa desde una lancha con ojos curiosos y cámara en mano.
Nadar con ellas, perseguirlas o acosarlas es olvidar que han recorrido miles de kilómetros sin descanso, que necesitan calma, no ruido ni estrés. Estos animales no deberían enfrentarse a nuevas amenazas, sino encontrar en el Chocó un refugio seguro, un santuario de aguas cálidas y tranquilas donde la vida pueda seguir gestándose libre y sin temor.





