Producir, masificar, ensuciar

Entrevista a Miguel Kuan, artista invitado a Fotosíntesis 2019

Miguel Kuan es un artista del sur del departamento del huila que participó en esta edición de Fotosíntesis 2019, festival de luz, tecnología y creación, con una obra llamada Sempiterno. Al entrar al lugar donde estaba montada, lo primero que llamaba la atención era una matera estruendosamente florecida, que parecía animada por un respirador artificial; es importante anotar que este elemento había sido aporte de uno de los participantes de Arrítmico electromecánico, laboratorio con el que Kuan quiso invitar a otras personas, interesadas en aprender sobre circuitos y electromecanismos sensibles a la luz, a intervenir su proyecto inicial. Cerca de esta matera había un cúmulo de puntos proyectados sobre el suelo que formaba un enjambre; el contorno del alambre sobre el que estaban montados los bombillos que lo producían hacía pensar en el cableado de la luz, en las calles, sobre el que un pájaro puede morir electrocutado. En esta instalación también había un chulo “punkero”, con una pechera de estoperoles, que estaba cerca de un grupo de teléfonos, obsoletos u obsoletizados, que no se sabe a ciencia cierta si los colecciona o los iba  a deglutir.  No era esta la única ave que habitaba la obra: había otras que giraban sobre una estructura similar a un árbol y que, con un efecto de iluminación, proyectan un tipo de sombra en la que se distinguían formas puntiagudas, producidas, a su vez, por las amarras que el artista había empleado, tanto para el plumaje de las aves, en vuelo, como para el follaje del árbol. En este ensamblaje de objetos y máquinas electromecánicas resaltaban un par de zancudos, incisivos, que picaban o inoculaban algún tipo de sustancia, sin descanso, y unos atrapasueños de telaraña, que también se habían integrado por iniciativa de los participantes del laboratorio, y que  estaban hechos de medias de nylon, raídas. Es importante anotar que la obra con la que este artista se estaba presentando en esta edición del festival, en lugar de afincarse en una condición de autoría hablaba, por el modo en que fue construida, no solo del mutualismo, sino de la rivalidad y del parasitismo, propio de la relación maestro alumno.

El trabajo de Miguel Kuan está hecho de ensamblajes de objetos encontrados y máquinas construidas con materiales de desecho, basura electrónica y mecanismos rudimentarios que, ironizando sobre la pirotecnia tecnológica, sobre lo deslumbrante sin contenido, logran con medios más simples - y a la vez más complejos, por lo deliberado del ejercicio-, algunos de los comportamientos que hoy produciría una tarjeta de arduino. Para este artista el progreso no tiene que ser vanguardia; también implica reconocer la tradición y es por eso que se empeña en construir máquinas electromecánicas y, además, en incorporar en sus creaciones objetos y acabados producidos con tecnologías ancestrales, como el tejido o la arcilla.

Kuan es escultor de formación y reconoce que su interés por las máquinas y los mecanismos obedecía, en principio, a un deseo de dotar de movimiento sus obras, pero con el paso del tiempo  devino en un interés por el propio mecanismo. Según dice, se trata de poner a operar máquinas, de hacer que cumplan una función, pero que lo hagan como si fueran aparatos o robots un poco “fallidos” que, de ningún modo, muestran esa síntesis y rendimiento del circuito. A propósito de esto plantea que el mecanismo puede ser un recurso semiológico; un tipo de imagen, que hace parte de un lenguaje. Por otra parte, señala que lo entusiasma tener que recurrir al ingenio para construir este tipo de máquinas, pues este es el único que permite, con lo medios más simples y “absurdos”, conseguir resultados que ameritarían una maquinaria más compleja. La fabricación manual, según aclara, implica “soldar, pegar cablecitos, distribuir los tiempos de un motor y cosas como esas”.  Así, Kuan evita usar técnicas y componentes que “aligeren” el trabajo y sofistiquen el resultado, dado que, en caso de hacerlo, se perdería, no solo una serie de atributos estéticos que le interesan, sino la posibilidad de desnudar la tecnología: de exhibir el artilugio, democratizando, así, el misterio de la caja negra.

Cuando se le pregunta por el tipo de material que elige para sus obras, dice que somos hijos del polímero, del poliuretano y por ende, más que por un afán ambientalista, toda esa chatarra que emplea son cosas que, simplemente, están hoy al alcance. Sin embargo, también es consciente de que ese material, que se ve afectado por algo similar a la obsolescencia que amenaza el cuerpo, cobra segunda vida con sus creaciones. Dice que tal vez sea esa la condición que le da a su obra un registro poético o, más bien, lo que le da un sesgo romántico, trágico. Esto, pues es un hecho que en una de sus instalaciones puede fallar un mecanismo, y puede fallar al 60%, por ponerlo en términos estadísticos, pero también puede ocurrir que se dañe completamente y entonces la pregunta obligada sería por qué se prefirió dicha tecnología, cuando se sabía que algo así  podía ocurrir. Los imaginarios que evoca y sobre los que vuelve su obra son la noche, los animales no domésticos y no bellos, como los zancudos, los chulos o los perros que, en su caso, en lugar de aparecer en un paisaje bucólico, aparecen en uno inquietante, sombrío y nocturno, pues en su obra hay, además, una pregunta por la calle y lo sórdido.