Los más bellos insultos

Campaña de naturaleza ética y divulgación científica

Parque Explora invita a construir una sociedad más incluyente y con una sana convivencia, a través de la reflexión sobre el  lenguaje y de la apropiación pública del conocimiento científico.

Los más bellos insultos: grilla, gallina, zorra, mariquita, pato..., están desde el lunes 11 de febrero en las redes sociales digitales y en vallas en algunos lugares de Medellín. Recordar el verdadero significado de estas palabras, usadas comúnmente como insultos, ayuda a poner el acento en la vida y el respeto por la diversidad.

Como explica Ana Ochoa, nuestra directora de Comunicaciones y Cultura, “En el Parque consideramos que la diversidad es el signo rotundo de la vida y toda pretensión de uniformidad es violenta. Y en una ciudad donde la gente se mata por pretensión de homogeneidad, tenemos que incidir con nuestros espacios, la comunicación pública, nuestras exposiciones para propiciar esa reflexión que nos permita vivir mejor y tener una convivencia pacífica”.

Te invitamos a buscarla en Instagram, Twitter y Facebook, y a seguir compartiéndola con tus conocidos. 
 


Ser una grilla verdadera supone prodigios: no pocas veces tener oídos en las patas y en el abdomen. Armar coros de machos que hacen sonidos frotando sus alas para conquistarlas. 
Saltar hasta 20 veces su tamaño lo que, en escala humana, equivaldría a subirse de un brinco un edificio de 5 pisos. ¿A quién vas a decirle grilla? Tal vez no lo merezca.
 

 

Ser una gallina significa tener asegurada la capacidad de conquistarnos para siempre. Bella, inteligente y autónoma, puede recordar más de 100 individuos, incluidos humanos. Calculista estratega, anticipa distancias, juega, cuenta granos y su cacareo es una refinación del mensaje: avisa si el depredador es aéreo o terrestre y si habrá inundaciones y desastres. Sobreviviría sin gallos. Produciría sola huevos fértiles y pollos vivos gracias a la partenogénesis, forma de reproducción excepcional de algunas aves, reptiles, peces y abejas. ¿A quién vas a decirle gallina? Tal vez no lo merezca. 

 

Ser una zorra es ser peligrosamente suave, gobernar con el olor y tener una personalidad solitaria que huye del comportamiento de manada. La zorra es silenciosa, nocturna, monógama casi siempre y muy perseguida. Su piel ha desatado locuras censurables, persecuciones aterradoras de quienes quieren cubrirse con ella. La precede una historia fascinante de unos 7 millones de años. Los humanos la han desplazado de sus territorios, son ellos los verdaderamente peligrosos. Estas primas de los perros y de los lobos son hábiles comunicadoras, tienen unos 28 sonidos distintos y llaman al macho cuando quieren aparearse. No se reproducen abundantemente. Son fuertes, veloces, inteligentes para sobrevivir en condiciones adversas y muy independientes. ¿A quién vas a decirle zorra? Tal vez no lo merezca. 

Ser mariquita es pertenecer al grupo más abundante que hay sobre la Tierra: el de los escarabajos o coleópteros. Aunque no las veas, hay millones. Y se reproducen como pocos. Una mariquita puede tener un millón de crías en su vida. Estos ejércitos, rojos casi siempre, reclaman su dignidad de mayorías y ejercen un control biológico de plagas rotundo. En su lucha heroica por comer, también son comidas por pájaros, libélulas y arañas, entre otros depredadores de estas diminutas joyas voladoras, primas de las luciérnagas y que hacen parte de la poderosa familia de los Coccinellidae, con unas 5000 especies. Las mariquitas también han rebasado límites y conquistado otros espacios, literalmente. En 1999 viajaron en la misión STS-93 del transbordador espacial Columbia, primera misión comandada por una mujer, la astronauta Eileen Collins. Así que las mariquitas tienen recorrido. Siempre en vuelo y trajeadas de pepas negras, nadie les niega que con sus fulgores colorean el bosque de lo corriente. ¿A quién vas a intentar insultar diciéndole mariquita? Es un piropo. Y tal vez no lo merece.

Ser pato es pertenecer a la categoría de los que son y no parecen. Nadie anticiparía, por ejemplo, que tienen una vida sexual tan intensa y reclamante. Las hembras, en las curvas de su evolución, desarrollaron una vagina en espiral que les sirve para contenerlos en los casos de asedio, por cierto muy frecuentes y documentados por la ciencia. Pertenecen al 3% de las aves que tienen pene. En este caso, hasta de 20 cm y con erecciones en menos de medio segundo. Hay algo en ellos de los dinosaurios, sus ancestros. Pero con plumas y plumones que, de extrema suavidad en el pecho y en el cuello, han desatado crueles exterminios. Muchos edredones y almohadas tienen sufrimientos suficientes para aterradoras pesadillas. Los patos son muy inteligentes, aprenden sin necesidad de recompensas y recuerdan, entre otras cosas, el canto de su madre desde el huevo. No se mojan y sus patas palmeadas de nadador han inspirado las aletas de los buzos. Algunos de estos navegantes del aire y del agua están capacitados para emprender vuelos intercontinentales y alcanzar unos 7 mil metros de altura, lo que equivale a volar por encima de los Himalayas. ¿A quién vas a decirle pato? Tal vez no lo merezca. 

Ser burro tiene el encanto de pasar inadvertido a pesar de ser el más capaz, el más valiente, el más controlado y, sobre todo, el que llegó primero. Incluso antes que nosotros. El burro antecedió a los humanos 4.2 millones de años. Pocos sospechan que el pequeño burro es más independiente y más fuerte que el caballo. Resiste mayores pesos y distancias y nos sorprende con su autocontrol. Es sosegado y sosegante. Entre las manadas nerviosas de sus gigantes parientes, los équidos, tiene un efecto tranquilizador. El burro no es torpe para responder a los problemas. Analiza los peligros y, sometido como ha estado a toda clase de ultrajes, tiene un fuerte sentido de la autopreservación, no se precipita y por eso dicen que es terco. Los más viejos pueden llegar a los cincuenta o sesenta años. Acicalan hasta el final a los suyos, son sociables, cariñosos y muy solidarios. Protegen a los otros y anuncian la presencia de depredadores con rebuznos largos, 20 segundos de alarma, que llegan hasta sus hermanos a kilómetros de distancia. Su memoria sorprende: pueden recordarte hasta por treinta o más años. Míralos. Eres también observado por ellos, por esos ojos con memoria del burro que, hace seis mil años, acompaña a los humanos con su capacidad, su paciencia no recompensada y su inadvertida inteligencia. ¿A quién vas a llamar burro? Es un elogio. Y, tal vez, no lo merezca. 

Ser perra es acceder a un lugar de tus afectos al que no llegará nadie. “Los padres, los esposos, los hijos, los amantes, los amigos están muy bien. Pero no son perros”, escribió la novelista Elizabeth von Arnim.  Llevan 40 mil años domesticados o, según como se mire, domesticándonos. Es nuestra sujeción a quien nos lo ofrece casi todo.  Los humanos competían ferozmente en la batalla por comer y no ser comidos. Y, muy pronto, detectaron los atributos superiores de los caninos para cazar, para oler veinte veces más que nosotros, para oír y descifrar la lejanía o, en todo caso, para sobrevivir. Desde entonces, tenerlos cerca ha sido un perseguido privilegio. Una gran compañía para defendernos, para consolarnos, para jugar, para darnos lecciones de su vida sin ascos, para pastorear rebaños, para mover trineos y hasta para entrar con menos miedo a la batalla. Pizarro llegó con 900. Allí están, entre las sombras de historias heroicas o domésticas, alegres o aterradoras. Muchas de ellas son historias de la ciencia. Ella les debe a estos hermosos animales desde medicamentos y vacunas hasta avances en la carrera espacial. Se nos filtra el recuerdo triste de Laika, el primer ser vivo que orbitó la Tierra en 1957 a bordo del Sputnik 2, en un viaje que terminó con la fatalidad de su muerte programada. Por cierto, también en el espacio, y entre dos perros brillantes de la constelación de Orión, pasa la Vía Láctea, nuestro hogar, ese remolino de estrellas en el que vagamos distraídos, sin darnos cuenta de que, probablemente, somos olidos, somos mirados, somos heridos de amor para siempre, por la belleza irrepetible de una perra. ¿A quién vas a intentar insultar diciéndole perra? Es un elogio. Y, tal vez, no lo merezca.

Ser arpía es intimidar desde una altura considerable.  Dominar por la capacidad de atrapar, por la velocidad, por la rareza casi fastuosa y por el tamaño, mayor que el de los machos. Es el águila más grande del continente americano y una de las más grandes del mundo. Con sus alas abiertas puede alcanzar a medir dos metros. Persigue lo que quiere cuando lo encuentra, incluso si triplica su tamaño, y en vuelos de hasta 70 km/hora. Sus ojos de ave rapaz, vigilan hundidos entre el disco de plumas que corona su cabeza. Unas diez mil arpías resisten en medio de la deforestación que las desplaza en regiones como el Chocó o el Amazonas. Anidan en gigantes reinos de palos tejidos en las copas de los árboles con sus picos y garras, a veces de 15 cm. Pueden verse desde el sur de México hasta el norte de Argentina. Y, también, pueden verse en escudos y símbolos. Ellas han representado poder, coraje y, en la mitología, una ambigua condición: la de ser por castigo mitad mujer y mitad ave. Las arpías han servido para descalificar mujeres que se salen del tranquilizador lugar común y del estereotipo. Son termómetros de nuestros niveles de temor y de barbarie. Como muchas de ellas, estas águilas también son víctimas de cacería humana. No es raro ver pichones huérfanos, extraviados en la maraña, luego de que atraparan a sus padres que habían hecho pareja para siempre. Las arpías han conocido muchas formas de exterminio pero nos sorprenden en el bosque, esquivando madereros y cazadores, con el vuelo esplendoroso de los sobrevivientes. ¿A quién intentarás insultar diciéndole arpía? Es un elogio y, tal vez, no lo merezca. 

Ser una vaca es ser experta en amar jugando. En saber esconder y esconderse, en saber rodear, rascar, mugir, lamer sus cariños con las tres libras de una lengua larga, dedicada a acicalar por horas a los destinatarios de su amor. Que pueden ser sus terneras o terneros,  sus parejas o sus amigas, vacas con las que tienen relaciones de reciprocidad conmovedora. Hay que ver cómo les cuidan sus crías o cómo las recuerdan y las reciben con saltos cuando regresan de separaciones forzadas. Muchas veces se petrifican y su mirada larga y de ojos quietos, nos deja expuestos. Tal vez esta vaca forme parte de los 21 mil animales que comerá durante su vida un humano promedio, en esta sociedad que solo explora el 0.25% de las posibilidades de lo que tiene para alimentarse. Las vacas comparten el 80% de sus 22.000 genes con nosotros. Se originaron hace unos 10 mil años pero vienen de una enorme población prehistórica de la especie Bos primigenius, que apareció en la Tierra hace unos 2 millones de años. Hay unas 800 variaciones de estos rumiantes fascinantes. A los que solo comer les implica activar un sistema con milimetría: mover la mandíbula hasta 60.000 veces por día, poner en acción 32 dientes, cuatro estómagos y un zoológico de bacterias intestinales para digerir lo que mastican, regurgitan y vuelven a masticar en jornadas que parecieran ser interminables.Su estiércol produce metano, gas veinticinco veces más potente que el dióxido de carbono emitido por los automóviles. ¿Qué reflexiones debemos hacer en tiempos del calentamiento global? En el cielo nocturno la constelación Taurus, con su estrella gigante roja: Alebarán, el ojo del toro, nos las recuerda. Y no siempre aparece la justicia. Su sufrimiento es abstracto hasta que te asomas por una hendija. Ellas aprenden, tienen memoria, son solidarias y parece ser que presienten su muerte con su instinto de mamíferas grandes, sensibles y muy inteligentes ¿A quién intentarás insultar llamando vaca? Tal vez no lo merezca.

Ser babosa es tener una historia desconocida de conquistas. Hace parte del único grupo de moluscos que ha logrado conquistar con éxito a la tierra, alfombrándola con los brillos acuosos de 62 mil especies que estuvieron antes que nosotros. La babosa es 2.000 veces más antigua que los humanos y el doble de antigua que los dinosaurios. Esta anónima del suelo, húmeda y acristalada, también estuvo antes que las flores. Integra, con parientes como los caracoles, el universo gigante de los gasterópodos, la segunda clase más diversa del reino animal, que agrupa el 80% de los moluscos vivos. La babosa puede ser unisexual o hermafrodita. Su reproducción va precedida de un interesante cortejo, un erguirse, rodearse y, finalmente, lanzar a la hembra un dardo que excita y prepara entre espumas la cópula. La babosa va dejando rastros de humedad al desplazarse con un único “pie de abdomen”. Su boca tiene una lengua dentada llamada rádula, con la que come una exclusiva dieta herbívora. Por eso la vemos en nuestras huertas y jardines. Asesórate. No prolongues prácticas aterradoras como matarlas con sal.  Ellas sienten. Obsérvalas. Sus ojos están en la punta de las antenas superiores que estiran o contraen para tocar y oler su entorno. La babosa es una joya blanda, antigua y fuerte de una manera desconocida, que lo ha resistido todo. ¿A quién intentarás insultar diciéndole baboso o babosa? Es un elogio y, tal vez, no lo merezca.

TESTIMONIALES
“Fomentamos una noción ampliada de dignidad, que incluya a los animales, los olvidados de siempre, los maltratados, los que sirven acaso para insultar, pero que nos revelan la belleza de la vida en su signo más rotundo: la diversidad”Ana Ochoa, directora de Comunicaciones y Cultura (Eltiempo.com).
"Estoy pensando en hacer una actividad en el colegio con toda esa información, está una nota la idea".@SnJuanerita_ (Twitter).
"Ustedes, con esta serie, están poniendo no su grano; sino su tonelada de arena, para cambiar el mundo. Gloria infinita para ustedes! Resignificar estas palabras tan aporreadas! Ahora ser una pata será todo un piropo. Los amo! LOJ amoooo".Sarita Palacio (Instagram).
"Gracias Amo este post. Qué equivocados algunos humanos en atreverse a llamar Zorra a alguien sin saber su verdadero origen. Mas de uno/a quedo así 😱🤔"..Ana Carolina Monsalve (Facebook).