1819: Una historia de desplomes, traiciones y libertad improbable
Tres desplomes para una independencia
La historia de la independencia colombiana no es una línea recta hacia la libertad. Es la crónica de TRES DESPLOMES SUCESIVOS que revelan la fragilidad del poder colonial. Primero, en 1810, se desploma el virreinato con la revolución. Luego viene el segundo desplome: la restauración española arrasa con las Provincias Unidas como si fuera "un paseo, casi sin echar un tiro".
Pero el tercer desplome es el más asombroso: en 1819, después de la batalla de Boyacá, las tropas independentistas dominan sin resistencia el territorio desde CHOCÓ HASTA CÚCUTA, desde las sabanas del Sinú hasta Popayán. ¿Cómo explicar estos colapsos dramáticos? La respuesta no está en los libros de héroes de bronce, sino en el APOYO COTIDIANO de la gente común.
La libertad viene del Casanare
Dice José Manuel Restrepo que "LA LIBERTAD VIENE DEL CASANARE Y VIENE DE VENEZUELA". Un grupo reducido de revolucionarios le trae la libertad a un pueblo "que no se la merece porque no hizo nada por luchar contra la restauración". Pero esta versión oficial, repetida durante siglos, oculta una verdad incómoda: ningún grupo tan pequeño puede dominar un territorio tan extenso sin complicidad masiva.
La expedición que asciende desde los Llanos llega en condiciones deplorables. Todos los cartuchos mojados. Hay que secar la pólvora, rehacer los cartuchos uno por uno, montar una fragua, establecer una panadería para el bizcocho de las tropas. Sin el RECLUTAMIENTO MASIVO que viene después, sin la gente que les da comida, techo e informaciones fidedignas sobre el enemigo, "es inconcebible lo que pasa unos días después".
Las ceremonias iconoclastas: cuando el pueblo condena al rey
Antes de las batallas vinieron los rituales de ruptura. Por todo el territorio se multiplicaron las CEREMONIAS ICONOCLASTAS: poblaciones enteras se reunían alrededor de un retrato del rey, deliberaban "incluso como condenar a muerte el retrato" y lo fusilaban, lo quemaban o lo sometían a ultrajes antes de hacerlo desaparecer. Le arrancaban la cabeza, las manos.
Estos actos aparentemente simbólicos marcan el distanciamiento definitivo con la figura monárquica. Son el preludio de transformaciones más profundas: la elevación de los indios al rango de ciudadanos, la LEY DE MANUMISIÓN de 1814 en Antioquia que libera vientres de esclavos y prohíbe el tráfico, las declaraciones de independencia que marcan el momento en que las provincias dejan de esperar decisiones desde Europa.
El virrey que se disfrazó de orejón
Juan Sámano, el temido virrey, se convierte en símbolo de la debacle realista. Después de conocer la noticia de Boyacá, este militar experimentado, con años de servicio en América, no piensa en defenderse. SALE HUYENDO DISFRAZADO DE CAMPESINO de la sabana: se pone un sombrero, se pone una ruana y huye "como cualquier orejón, como se les decía en ese momento".
Es la renuncia total a la dignidad: un virrey que se disfraza de campesino. La imagen condensa el colapso de un sistema que parecía sólido pero que se desmorona en cuestión de horas. Como en la huida de Luis XVI en Francia, el disfraz revela que el poder ha perdido toda legitimidad ante sus súbditos.
José María Córdoba: del mostrador a la gloria
La revolución cambia destinos de manera dramática. JOSÉ MARÍA CÓRDOBA era el escribiente de su padre en una casa de comercio de Rionegro. Las cartas comerciales las hacía el joven José María. Su destino natural era suceder al padre vendiendo "ruanas de Tunja y camisetas de algodón".
Pero se atraviesa la revolución. Este hombre que habría pasado la vida tras un mostrador se convierte en general de la República, en libertador de Colombia y el Perú. Y en 1829 será quien desafíe la voluntad de Bolívar de convertirse en dictador, pagando CON SU VIDA POR ELLO. La revolución no solo cambia países: transforma biografías individuales de manera irreversible.
La gran decepción: Bolívar
La ironía más amarga de la independencia tiene nombre propio: SIMÓN BOLÍVAR. "La gran decepción es Simón Bolívar", sentencia el historiador Daniel Gutiérrez Ardila. Construido desde 1820 como "el adalid del republicanismo en un mundo de restauraciones", esa construcción heroica resulta "un fracaso absoluto".
¿Por qué? Porque Bolívar demuestra ser exactamente lo contrario: "EL GRAN ENEMIGO DE LA REPÚBLICA Y LAS INSTITUCIONES" que la misma República había determinado a partir de 1826. Viene del Perú con el designio preciso de acabar con las instituciones colombianas. El libertador se convierte en el sepulturero de la libertad que ayudó a conquistar.
El reino de los tránsfugas
La historia de la independencia es también la historia de las MÚLTIPLES LEALTADES. Un "reino de tránsfugas" donde la misma gente que grita "vivan los godos" un día, al siguiente corean "viva la patria y mueran los godos" en los fusilamientos públicos de la plaza de Bolívar.
No se trata de cinismo sino de supervivencia en tiempos convulsos. La mayoría de quienes presencian las ejecuciones de 40 prisioneros españoles en Bogotá habían sido realistas "la víspera" o durante "los tres años precedentes". Ahora necesitan demostrar que son "patriotas independentistas" convincentes. Las ceremonias públicas de violencia sirven para esto: son BAUTIZOS DE REVOLUCIONARIOS.
Una historia que no estudiamos
"Aquí hace como cuarenta años que no estudiamos historia en los colegios", lamenta Gutiérrez Ardila. La ignorancia sobre nuestro pasado no es casual: es el resultado de décadas de abandono educativo. Preguntas tan básicas como "¿cuándo fue la independencia de Colombia?" resultan imposibles de responder, porque COLOMBIA NUNCA SE DECLARÓ INDEPENDIENTE como tal.
Sin embargo, existe "una sed y un hambre de historia" en el país. La gente quiere saber, pero los historiadores hemos entregado la divulgación a otros que "no lo hacen del todo bien". Es hora de responder a esa demanda con rigor pero sin academicismo, con narraciones que devuelvan la complejidad humana a estos episodios que determinaron nuestro destino.
El encanto de lo que pasó delante de nuestros ojos
Al final, la independencia de Colombia es una historia de CONTINGENCIAS más que de inevitabilidades. "Parece un encanto lo que ha pasó delante de nuestros ojos", escribió Santander, usando la palabra encanto en el sentido de hechizo.
Porque efectivamente fue un hechizo: el de un ejército pequeño y empapado que logra derrocar un imperio, el de un pueblo que cambia de lealtades como quien cambia de camisa, el de un virrey que huye disfrazado y de un escribiente que se convierte en general. La historia real es más fascinante que cualquier épica oficial: es la crónica de cómo LA GENTE COMÚN construyó, a fuerza de decisiones cotidianas, la libertad de una nación.
