Regalos en la naturaleza: cómo los animales cortejan y forman vínculos
Piedritas, frutas, tapas azules o bolas de excremento pueden ser los obsequios más preciados en el reino animal. Descubre las fascinantes estrategias de cortejo y cooperación entre especies.
Pergolero satinado: el arte de coleccionar objetos azules para conquistar
El pergolero satinado es un pájaro excepcional en el cortejo animal. Durante meses, este ave colecciona pequeños objetos azules para decorar un nicho nupcial alfombrado con fibras habanas claras. Si accidentalmente cae algo rojo en esta recámara vegetal, lo retira inmediatamente para mantener esa ficción color cielo que ofrecerá a la hembra. Ella elige con quién aparearse luego de un exigente juicio visual que es un misterio.
El etólogo y premio Nobel Karl von Frisch escribió que en las elecciones estéticas de los pergoleros satinados australianos podían hallarse nuevas claves de la evolución. La hembra dedica la mitad de su tiempo a revisar los emparrados que construyen varios machos en competencia.
Charles Darwin observaba que en las aves el único interés de la hembra podía ser la belleza: un apetito exclusivo de deslumbramientos precede a toda cópula. A diferencia de otras especies, estas hembras no buscan a cambio alimento para sus crías o protección. Al contrario, luego del apareamiento parten para formar su propio nido, en un intercambio solo genético.
La inteligencia y la atracción en las aves
La inteligencia es un atractivo superior. La cantidad de objetos azules es relevante porque informa sobre la capacidad del macho para buscar y competir. Los cantos que imita de otros pájaros durante el cortejo exponen sus capacidades para recordar y aprender. La calidad del emparrado mide su habilidad, pues está tejido con miles de palitos muy delgados —5 mil o más—, todos rectos y de similares longitudes, que escoge durante diez o más meses con inquietante cálculo.
Elegir pareja es un proceso cognitivo exigente según han estudiado expertos como Jason Keagy. La refinación de ambos sexos es notable. Las hembras rechazan, por ejemplo, los bailes excesivos para cortejarlas, pues los interpretan como ostentaciones de poder, generalmente frente a otros machos. Prefieren movimientos menos alarmantes y que les regalen cositas azules.

Escarabajo pelotero: bolas de estiércol bajo las estrellas
Los regalos en la naturaleza superan por su refinación a los nuestros. En la noche, guiados por la luz de la vía láctea que no ven pero perciben, dos escarabajos transportan una esfera de hasta 200 veces su peso: dos centímetros coronados, en los machos, por un diminuto cuerno.
Con sus patas hacen rodar este regalo para la hembra, una luna olorosa que pareciera caída del cielo que los guía, pero que fue amasada por ellos con una materia prima que persiguieron como joya: excremento. Preferiblemente de animales no carnívoros, pues no les apetecen materias muy procesadas y prefieren las suculencias sin digerir de los herbívoros.
La importancia ecológica de los escarabajos estercoleros
Hasta 4 mil escarabajos pueden llegar zumbando a los excrementos sobre los que pelean, trabajan o se cortejan. Su labor principal es despedazarlos, amasarlos y armar bolas para rodarlos hasta los túneles donde ocurrirá la ceremonia de depositar un único huevo. Luego viene la tarea de cerrar el orificio y cuidar, entre macho y hembra durante unas dos semanas, esa bola promisoria que se fermenta, se calienta y deja nacer una de las 20 crías que tendrá una hembra en toda su vida.
Se estima que hay unas 6.000 especies de escarabajos peloteros, revitalizando los suelos y transformando hasta 1,5 toneladas de excrementos por hectárea cada año. ¿Qué pasaría sin estos recicladores laboriosos y abundantes, que pertenecen al universo de los coleópteros, el más numeroso sobre la Tierra, con unas 300 mil especies?
El director de cine Luis Buñuel contaba que solo fue feliz siendo guía de la sección de coleópteros en un museo. Entre las luces de estos higienistas antiguos que llegaron antes que nosotros, probablemente hace unos 90 millones de años, y que la evolución ha premiado con sus rastrillos, paticas dentadas y excavadoras, y cabezas cortantes que intervienen como cinceles en la tarea de hacer esferas prodigiosas: esas bolas sucias que tanto limpian y que regalan para asegurar buena parte de la vida sobre la Tierra.

Pingüino papúa: rocas como símbolo de compromiso
La belleza está hecha de excepciones: ser un ave que no vuela, o que vuela en el agua más rápido que el resto de los pingüinos, hasta 36 km por hora. Ser lentos para madurar sexualmente. Ser monógamos en sus 13 años de vida, salvo en algunas temporadas de reproducción. Ser dos padres que comparten durante 36 días el cuidado de dos únicos huevos de mil gramos, elípticos y de blanco verdoso, de los que saldrán polluelos que solo necesitan cien días para ser independientes y lanzarse al agua.
El cortejo del pingüino gentú con piedras
Algunos comparan con los humanos no solo la autonomía a los tres meses, sino su determinación para aparearse. Les basta deslumbrarse con una roca para responder con todo su cuerpo: 76 centímetros emplumados y untuosos que mudarán después del amor. Los Pygoscelis papua, pingüinos papúa, juanito o gentú, se frotan la cara para pactar la cópula, se inclinan y elevan al cielo antártico su pico helado, por el que sueltan chirridos de celebración.
No es raro ver colonias de 2000 o más parejas de pingüinos papúa en épocas de reproducción en parajes como las Islas Malvinas, donde son más abundantes. Sus nidos, separados por pocos metros, son cuencos hechos en buena parte con las rocas obsequiadas o robadas a sus vecinos. Estos nidos en el hielo miden entre 10 y 20 cm de altura y 45 cm de diámetro.
Los colores rosados o naranjas brillantes resplandecen en las patas, el pico y, como gracia ocasional, en la mandíbula superior. El negro azulado o grisáceo está repartido en la garganta, el dorso y el borde exterior de las alas. El blanco va del pecho a la cloaca y a las partes inferiores de las alas que la evolución atrofió para que de volar pasaran a nadar. Su cara y cabeza, también negras, tienen dos parches blancos que descienden hasta anillar los ojos, cristales potentes para ver en el agua pero muy ciegos para el aire y la tierra, donde buscan como joyas guijarros corrientes para regalar, celebrar y seguir vivos.

Bonobo: el simio que resuelve conflictos con caricias y frutas
Resuelven los conflictos con contactos sexuales, frotándose, peinándose, rascándose o regalándose frutas. Estas caricias no tienen que ver solo con la reproducción y se las dan también entre machos o entre hembras, sin importar su edad o estado reproductivo, solo para jugar, crear vínculos, celebrar la comida o resolver tensiones. Por cierto poco frecuentes, salvo que un macho ataque a una hembra, pues entre ellas se agrupan para defenderse.
La sociedad matriarcal de los bonobos
Las hembras hacen alianzas para cuidarse, para cuidar a los hijos que no se destetan hasta los 4 años y a los machos por los que no compiten, que prefieren apaciguar para convivir en armonía. Sus genitales discretos, que no se hinchan durante la ovulación de manera tan evidente como en otros primates, contribuyen sin duda a esta paz, poco corriente entre los simios.
Las hembras dejan su familia al llegar a los 15 años. Errantes y muy sociables, se incorporan a grupos de entre tres y diez bonobos, colectivos poco territoriales donde sorprenden la cooperación, la capacidad de compartir, de consolar y de acoger, incluso a extraños.
Conservación de los bonobos: una especie en peligro
Los bonobos (Pan paniscus), llamados informalmente por los investigadores los simios hippies, viven hasta 50 años en los bosques del río Congo. Son los últimos grandes simios descubiertos y están en peligro de extinción. Quedan entre 10 mil y 20 mil en el planeta. Un virus los ha arrasado: el Ébola. Han sobrevivido a la caza, a la pérdida de su hábitat, a las guerras y a otra amenaza: la falta de información para conservarlos.
Es incierto el destino de estos pigmeos frugívoros que son capaces de vocalizar como ningún primate sus hallazgos, su miedo o su alegría; que se hacen cosquillas por los 100 centímetros de su cuerpo; que son inteligentes al punto de comprender hasta 3000 palabras habladas; que auxilian a los que están en peligro y no los dejan en el camino; y que, sobre todo, saben llegar despacio, en nudillos, a regalar frutas para tranquilizar y hacer, con sus 30 o 40 kilos olorosos, peludos y muy negros, el amor y no la guerra.

Pez ángel francés: simbiosis de limpieza en el océano
Un cocodrilo se abandona al pequeño pájaro y abre la boca para que le limpie los dientes, 60 puñales derrotados por este higiénico placer. En otro lugar, un gran mero ofrece sus conos dentales al pez limpiador. Un lagarto libera de moscas a la tortuga. Y un pez ángel —Pomacanthus paru— rodea en bailes y limpia de parásitos a la morena.
Relaciones de cooperación en el arrecife de coral
Limpiar heridas, quitarse excrementos, mocos y moscas, garrapatas, parásitos, algas o restos de piel entre animales ejemplifica una sorprendente asociación, generalmente de mutuo beneficio, conocida como simbiosis de limpieza.
En el océano abundan las relaciones de cooperación. Tal vez la más conocida —por servir de ejemplo a los humanos— es la de las rémoras que se adhieren a las ballenas o tiburones para desplazarse y alimentarse. Devoran los restos suculentos que dejan sus transportadores a cambio de limpiarles los parásitos.
El juvenil ángel francés arma estaciones de limpieza en los pastos marinos o llanos de arena para limpiar a sus clientes, como refieren los biólogos a los pargos, meros y morenas, entre otros peces a los que rodea y toca con sus aletas, en una agitación exhibitoria que acompaña la limpieza. Cuando están adultos —a los 3 años y medio—, pasan de limpiar a ser limpiados por otros peces.
Características del pez ángel francés
Estos ángeles omnívoros, llamados también isabelitas negras, banderitas, gallinetas o cachamas negras, viven en el Atlántico, de Florida a Santa Catarina en Brasil, pasando por Colombia. Su cuerpo circular y comprimido mide entre 28 y 40 cm, y los amarillos manchan el negro con barras y anillos luminosos. Su boca es pequeña y surcada de dientes como cerdas de cepillo.
Viven en los arrecifes, descienden hasta más de 120 metros para vagabundear, tocar sus vientres, liberar óvulos y esperma en el agua, y fertilizar huevos que prosperan en los lechos flotantes de plancton. Nacerán y vendrá su vida de ángeles negros, dedicados a devorar pequeños manjares de esponjas, algas o parásitos que detectan y remueven con la liberadora pulcritud de los buenos limpiadores.

