El Parque Explora localizó a la gran escritora Albalucía Ángel
“Pornografía en Colcultura”, dijeron cuando Gloria Zea, su amiga, la publicó en Colcultura. Otros la desestimaron diciendo que era solo una cantante de rancheras y que sus escritos eran de García Márquez. El Parque Explora localizó en Costa Rica a esta gran escritora colombiana silenciada por más de 45 años: Albalucía Ángel.
Escucha su conversación con la editora Margarita Valencia, en la que habla sobre la vida errante que le supuso su libertad y las controversias que desató su inteligencia sin genuflexiones frente a los olimpos corteses de la literatura.
Su obra experimental y anticipatoria fue publicada en Europa por editores como Carlos Barral. En Colombia la genialidad de esta belleza andrógina, una “niña bien” de la Pereira conservadora, siempre fue temida y considerada escandalosa. “Misia señora” es, para la autora, su mejor obra. El estilo inaugural y el retrato de las mujeres de su época no tiene antecedentes en el país.
No solo es interesante por “La pájara pinta”. "Dos veces Alicia", “Las andariegas” o “Los girasoles en invierno”, publicado en 1971 en Barcelona —con portada de Luis Caballero— son algunas de sus 12 obras. Su autobiografía y sus 28 libretas con obras inéditas serán, sin duda, reveladoras de este talento evadido pero no silenciado por aquel “aparato de detracción” contra una autora sobresaliente, una feminista cercada, también, por la agente del Boom Carmen Balcells. Recomendamos su lectura y, para que esta sea posible, su publicación.
Entrevista con Margarita Valencia
Margarita Valencia: Yo creo que hablo en nombre de todos los aquí presentes cuando digo que es absolutamente maravilloso tener por fin a Albalucía aquí, hablándonos en vivo y en directo, no a través de sus libros y hablando en público, que es algo que lleva varias décadas eludiendo, lo creo yo…
Albalucía Ángel: 45 años.
M. V.: Ahí está. Entonces creo que es un privilegio y un honor. Albalucía, bienvenida a esta conversación.
A. A.: Gracias, gracias Colombia.
M. V.: Empezamos ayer esta conversación muy profundamente y hoy, porque tenemos que escoger, hay un millón de temas que uno quisiera tratar con Albalucía Ángel, pero hay uno en especial que a mí me parece que es relevante y a mí me importa muchísimo, que es su trayectoria editorial y el camino de sus libros, el absurdamente difícil camino de sus libros, que corre paralelo a la absurdamente difícil vida que ha llevado usted.
Bueno, voy a empezar con un dato de Wikipedia conocido de todos, fecha de nacimiento, 7 de septiembre de 1939, que bueno, ahí quedamos bien. Es una fecha de todas maneras importante, el 39.
A. A.: Muy esotérica, sí. Invade Hitler a Polonia, la bombardea, septiembre del 39, mi aniversario.
M. V.: En Pereira, nace y llega a Bogotá a estudiar en el año… ¿55?
A. A.: No, 59.
M. V.: A la Universidad de los Andes, en donde estudia Arte. Esto a mí me parece muy muy interesante porque Albalucía escoge arte en la universidad y su carrera hasta ese momento, su inclinación musical, su inclinación artística hasta ese momento había sido muy francamente la música. Usted tocaba piano, había sido formada, cantaba, no solo tocaba piano.
A. A.: Sobre todo cantaba desde los dos años, nadie me podía parar, aquí está mi hermana que cuenta. A los dos años hablaba perfecto y cantaba y mi tío Jaime, que le gustaban los aguardienticos, el domingo me llevaba al parque, pero me entraba a sus tabernas y a los dos años me ponía encima de la taberna y decía “Cante pues”. O sea que yo nací a los dos años una estrella total en mi pueblo todo el mundo, la gente de los bares y las cantinas me conocía como la cantante, es un récord.
M. V.: Claro porque además después…
A. A.: Y sigo batiendo récord.
M. V.: En sus años en Europa, usted pasó muchos años sosteniéndose de eso.
A. A.: Con una guitarra que no sabía tocar, pero fui capaz. No sabía tocar guitarra y los uruguayos me decían y los mexicanos: “¿Cuándo aprendes a tocar guitarra?, al menos”. Yo decía “pues…”. Y canté y me sostuve sin tocar guitarra realmente. Pero compré en Pereira una guitarra por 100 pesos en una prendería y un músico pereirano, Luis Moreno, me enseñó tres tonos y con eso me quedé toda la vida y me gané la vida. Estuvo muy bien eso. Cantando con los chalchaleros, con Violeta Parra, con los Inti-Illimani, pero como uno de ellos de pronto no cumplía, yo era el reemplazo. Siempre fui reemplazo y siempre tuve como cantar porque uno de ellos no apareció. Siempre fui reemplazo, Margarita.
M. V.: Eso es una cosa que yo creo que es fundamental de su carrera literaria, de hecho, o de cómo se concibe y yo creo que vamos a volver a eso, al hecho de que “siempre fui reemplazo”. Entonces estudia Arte en la Universidad de los Andes. ¿Por qué Arte?
A. A.: Y Filosofía, no te olvides. Me fascinaba la filosofía y una señora argentina que era profesora en los Andes daba clases por televisión y uno podía escribir en esa época, lo que hoy sería por internet un curso, y yo mandaba cada vez mi examen por televisión y Marta Traba siempre me mencionaba, yo quedaba como la primera y alguien un día me dijo: “Vente a Bogotá”, y yo feliz de estar en Arte y Filosofía porque yo era una lectora tremenda. Cuando llegué le dije: “Yo soy Albalucía Ángel”, y me miró de arriba abajo y dijo “¿Cómo copiabas todas esas cosas que siempre quedabas en primer puesto?” Entonces sí, mi carrera de Filosofía era el amor por los griegos y todo aquello y le dije Andrés Holguín en los Andes: “Yo no necesito diplomas”. Después de que me conoció un tiempito, porque me volví la cantante famosa de los Andes y ya me invitaban a las fiestas y le dije: “Andrés, necesito que me dejes entrar a todas las clases”. Dio orden y yo estaba de 8 de la mañana a las 6 de la tarde en los Andes en una clase distinta y entonces nadie me preguntó, nadie me tomó exámenes y aprendí lo que tenía que aprender. Iba cuatro veces a la clase de Marta Traba y me decía: “Pero ya viniste esta mañana a oír Miguel Ángel”, y le dije: “Pero ahora se lo das a los premédicos y tienes otra visión de Miguel Ángel para los premédicos”. Así era Marta, una lección para las niñas de pintura, otra para los arquitectos y uno iba creciendo e hice cuatro años en dos, sin diploma.
M. V.: ”Yo era una lectora tremenda”, dice usted, y ayer le oí una historia muy bonita sobre sus hábitos de lectura como también de una persona que le pasaba libros.
A. A.: Había un señor que era fotógrafo profesional, o aficionado, pero realmente espléndido. Y mi madre lo llamó a que me tomara a mí y a mis hermanos unas fotos. Yo tendría 14 y él empezó a mandarme libros, un hombre muy mayor, y yo leí todos los libros de la literatura de América del Sur cuando nadie hablaba de eso, Ciro Alegría, ¿no cierto?, y todos los argentinos. Yo a los 15 años estaba una lectora feroz y había leído una mujer que era Teresa Parra, de manera que, muy adelantada yo, escribía cosas y hablaba muy raro. Mis amigos cuando me veían un medio noviecito le decían: “¿Y ya compraste el diccionario para hablar con ella?” Y yo nunca entendí, pero así era mi tema, desde los 14 años me tenían terror porque dizque había que comprar diccionario.
M. V.: Hablaba rarísimo.
A. A.: Hablaba rarísimo.
M. V.: Porque leía, que era una cosa que yo creo que las señoritas tampoco deberían hacer, no tanto en todo caso, ¿verdad?
A. A.: Era un mundo muy distinto, era un pueblo muy pequeño. Mi madre me decía: “¿Y usted qué lee? Se le van a poner los ojos como unos pimentones”, eso, "¡Qué polvero!”. Y yo decía “Alicia en el país de las maravillas”, y decía: “Ah, bueno”. Por eso mi afición por Alicia en el país de las maravillas está en todas mis novelas y Alicia aparece como ícono y soy famosa en la academia porque no hay un solo libro fuera de La pájara pinta donde no aparezca el conejo, Alicia, la reina… y se volvió famoso mi ícono así que cuando vi la película Matrix y aparece “sigue el conejo blanco”, después de 40 años supe que ya estaba enganchada con la nueva generación, que son casi todos ustedes.
M. V.: Es una lectura rara Alicia en ese momento, le dieron a Alicia. Pero sé también porque usted lo menciona en algunos de sus libros que leía también, por ejemplo, Mark Twain…
A. A.: Huckleberry Finn, Tom Sawyer, nadie sabía de eso en mi pueblo. Realmente yo era muy excéntrica desde los tres años, mi madre me dijo mucho —pobre mujer, una hermosa—: “¿Usted por qué no es del montón?” Y yo no sabía qué quería decir . Y este hombre que me mandaba estos libros, ni en secreto ni abiertamente… Mi madre lo que veía era que yo le pedí que si podía hacer unos estantes y me dio un cuarto abandonado, se llamaba la cueva, y ahí llegaban libros, y todos eran de este hombre, y era toda la biblioteca latinoamericana, porque en ese momento lo único que leíamos en este país y en el resto era lo que hacía Argentina, después Chile se sumó. Colombia nunca tuvo editoriales, hace muy poco y ahora hay que ver las editoriales que existen en Colombia, aunque sean de otros países, pero yo tenía casi 30 años y aquí nadie publicaba un libro.
M. V.: Bueno, pues empecemos a hablar de eso. Primero usted se va a Europa, estudia allá en Roma, en París y en el camino escribe Los girasoles.
A. A.: A la entrada, no fue en el camino. Inmediatamente me puse a escribir, realmente el primer año.
M. V.: Claro, pero esa es justamente la pregunta, yo tengo una fantasía de usted como encerrada en su casa y siendo una escritora secreta, de hecho siento que fue esa escritora secreta toda la vida…
A. A.: Hasta hoy.
M. V.: Claro, pero también siento que esa huida del país, que fue más una huida en escalas, ¿verdad? Pereira, Bogotá, la costa…
A. A.: Baranquilla, Cartagena y barco italiano, nadie me acompañó, Alejandro Obregón me llevó al barco.
M. V.: Ahí esa historia linda de Alejandro Obregón que yo quiero que nos cuente ahora, pero primero quiero hablar de otra cosa que es importante para su carrera que es algo que usted consideró que era como su validación como escritora por parte de Cepeda Samudio. ¿Eso ocurrió en este viaje en Barranquilla? Cepeda diciéndole: “Usted es una escritora”.
A. A.: No, Álvaro me descalificó del primer día hasta el último, “Ay no, esto no sirve”, yo tiré muchos poemas porque Álvaro Cepeda decía: “Esta vaina no se escribe así, oye”. Él fue en Londres mucho más tarde que yo empecé dos veces a salir, ya tenía 45 páginas, Álvaro llegó, le puse las 45 páginas, me fui, cuando volví mucho tiempo después había leído y por primera vez después de mi novela primera me dijo con 45 páginas: “eche esta vaina si es buena”, y me sentí escritora y nadie me ha sacado de ahí, si Álvaro Cepeda me dijo que era muy buena esa novela, él nunca la leyó, él se murió el año que eso se publicó, me dijo “a que no me la dedicas” y no se la dediqué.
M. V.: Y no faltaba…
A. A.: Ni más faltaba.
M. V.: Entonces usted se monta en un barco y se va para Europa con una novela entre la cabeza, o pensando en escribir…
A. A.: No, no, yo llego a España porque el barco para en Barcelona y seguimos para Nápoles y estoy en Barcelona y me llama un hombre y me dice a mi “fulano de tal me dijo que te ataje”, y era amigo de un catalán que yo conocía en Madrid, no era catalán, pero en fin, “Juan me dice que te ataje, ven que te tengo que mostrar” y además “Juan dice que no te muevas”, entonces le dije al capitán “¿cuánto dura este pasaje aquí en un stop?” y me dijo “seis meses”, y me quedé seis meses y nunca llegué a Italia, entonces había alguien allí, alguien acá, había una colombiana que me presentó, un panameño, él era amigo de Anaís Nin, ahí llegaba pues la hija de Chaplin, Geraldine con Carlos Saura y empieza a llegar esta gente.
M. V.: ¿Geraldine Chaplin?
A. A.: Geraldine Chaplin, llegaba. Entonces íbamos a ver a Buñuel y entré como en un mundo alucinado de inmediato, eran resistentes, por supuesto, estábamos en plena dictadura y Franco estaba muy vivo, y allí llega alguien y me encuentro una cantante joven, cubana, Elsita Baeza y me dice un día después de que cantábamos juntas, ella era una excelente, me dijo “tú eras la hija que mi padre hubiese querido tener, hay que ir a buscar a mi papá” y fuimos a París y yo era la hija que Baeza Flores hubiese querido tener, me dio una máquina de escribir para que yo le escribiera algo suyo, me lo dictaba y aprovechando la máquina, escribí una cosa que yo necesitaba mandar a Colombia, el Salón de Mayo de París con Picasso para mandárselo a Alberto Zalamea y él la lee y me dice: “Esto es un gran escrito, pero esto no es una crítica de arte, tú eres escritora, vienes el sábado con unas cuartillas y escribes y le dije “¿qué?”, “una novela” y le dije “¿cómo va a escribir una novela?” y dijo “¿y no has leído tú?”, y le dije “pues mucho”, y dijo pues así, no había escuela de creación literaria.
M. V.: Es una historia divertida esa de Albalucía, de escribe lo que has leído porque cualquiera que haya leído Albalucía sabe que eso no es verdad.
A. A.: “Escribe, no has leído todo, pues sí, pues así se escribe” y empecé, Los girasoles nació ahí, cuando me decía “ahí tienes que escribir”, me vuelvo a España, regreso a París porque hay que regresar, él vivía exilado de Cuba con su mujer cubana, era totalmente con Fidel, empezó a decir que no, lo movieron y huyó y yo iba a La maison de Cuba donde no había nada, era para los refugiados cubanos, nos sentábamos en cajas de Coca-Cola y él leía esas cuartillitas, y yo empecé a leer a Bradbury, ciencia ficción, mi novela empezó a ser loquísima, y me decía “niñita, niñita, esto es divino, ponte serio a eso”, y me iluminaba, todo le parecía divino y yo iba inventando, Los girasoles no estaban en mi cabeza, Baeza me lo hace escribir y yo en la marcha escribía lo que era, escribía la novela y se metía Bradbury, el escritor de ciencia ficción, y yo ponía el capítulo y Bradbury acababa, entonces nadie entendió, si era yo que escribía en Venus, la historia de una venusina, eso fue muy loco, y Baeza me daba cuerda, y eso yo cantaba por las noches y por las mañanas tenía que escribir y un día aparecí en una cosa que se llamaba La Guitarra… a una andaluza que cantaba rancheras, la andaluza con la belga cantaban rancheras, importantísimas, y un día se fue la belga y yo quedé reemplazo, siempre he sido reemplazo, entonces entramos a una cosa que se llamaba La Guitarra, una señora esa de familia de toreros, y yo era reemplazo y de pronto le dice, “muévete” a la andaluza, y me dijo, “mañana tienes un trabajo”, y quedé reina a las 12 de la noche, me daba tres veces más la plata, cantaba media hora y fui la cantante de La Guitarra, y ella me veía llegar pálida, mortal a las 6, porque yo había escrito hasta las 6, y esa señora me daba la tortilla, “esta niñita no ha comido, ¿cómo va tu libro?”, entonces me alimentaba, me daba plata para que yo cantara, y así pude escribir, porque la señora me daba de comer, a mí se me había olvidado que había que comer, esa historia, es esa historia…
M. V.: ¿Cuánto tiempo se gastó escribiendo Girasoles?
A. A.: Como tres años, la hice varias veces, porque me parecía que no estaba cumplida, la había dejado de leer Baeza, y la terminé tal vez en Viena, donde me invitó Esmeralda Arboleda, que era como una madre, y ahí como que me senté y la releí, yo creo que fueron cuatro años, pero en realidad en el fondo en año y medio o dos la había escrito.
M. V.: Y yo tengo una pregunta respecto de ese, de ese, por escribir y reescribir, que es que usted dice muy alegremente, claro era una novela loquísima, y yo iba metiendo cosas, pero después la escribió y la reescribió, y sigue siendo una novela sorprendente en cada página, por ejemplo el trabajo suyo con Bradbury, la voz de Bradbury metiéndose en las historias que se entrelazan, los cientos de citas a otras cosas que hay, digamos eso pudo haber sido fruto de una inspiración momentánea, pero ahí se quedó en la segunda y en la tercera corrección, fue una decisión suya.
A. A.: Alguien llegó a mi habitación porque quería vivir allí, estaba de pasada, era un importante personaje, venía con Jorge Zalamea, que también leyó unas páginas, y esa persona podía leer porque mi cuarto era pequeño, y me dijo, “esta novela es horrible, es espantoso, que es este lenguaje nadaísta, que asco, tú no eres escritora”, fue la primera gran desclasificación, y no se te atreva, tú eres una gran crítica de arte, la gente me convenció toda mi vida que yo era una gran crítica de arte, y después que yo era cantante, nadie hasta ahora, hasta hace poco, me aceptó que yo era escritora, es más, yo dije, yo nací cantando, yo soy crítica de arte, he hecho 14 años por el mundo, estudia, y voy a ser escritora, no sé si todavía, pero fue la lucha de que yo no era eso.
M. V.: Sin embargo, al final de ese periplo, usted mandó su novela, y quiero detenerme ahí, porque fue como el primero, claro, vista retrospectivamente, el primer gran golpe, y tuvo que haber sido un gran golpe, el premio ESO, esa novela es finalista del premio ESO 66, ese premio, para ponerlos en contexto, fue un premio que en el estilo propio del gran establecimiento cultural de la época, se declaró desierto, y se declaró desierto con grandes manifestaciones de horror de parte de Germán Arciniegas, que era en ese momento el uberpapa, diciendo que había que castigar la novela colombiana, y que era un horror. Este fue un premio en el cual Alba Lucía fue finalista, y estaba Germán Arciniegas diciendo por encima, “la novela colombiana no vale nada, esto es un horror”, en el momento en el que evidentemente la novela colombiana está empezando a ser una cosa con mucha fuerza, y se ve en estos Girasoles. La novela no se publicó.
A. A.: La publiqué yo porque le pedí a mi madre la plata, esta madre me dio 16 mil pesos, nos conseguimos un hombre de mi pueblo que trabajaba en Bogotá, y se la entregué a Belisario, que era editor, distribuidor, con Fabiola Sano Simonelli, me pidió como...
M. V.: En Tercer mundo editores.
A. A.: En Tercer mundo, me había pedido 26 mil pesos, mi madre me da 16, lo hacemos, Luciano Jaramillo hace la tapa, diseña, y Luis Caballero me regala esa maravillosa portada, fue el primer Luis Caballero, y se la di a Belisario entonces para que la distribuyera, cinco años después me devolvió todos los ejemplares, no se vendió nada.
M. V.: No lo vendieron ellos.
A. A.: No, yo regalé 200 libros a Gonzalo Arango para que los tirara a la jura, y el resto se desaparecieron, esa es la historia.
M. V.: Hay una cosa que a mí me parece que es... Bueno, su mamá pone la plata para imprimir esa novela, que ya también es decir, porque ya en ese momento sabemos que usted va huyendo de allá, Pereira, y también hay una historia que leí de un tío que había encontrado los rimeros de las novelas y las había quemado, ¿es eso cierto?
A. A.: Sí, sí, alguien quemó las novelas todas. Me encontré hace pocos años con una persona en New Jersey, en Newark, y me dijo “yo quemé tus libros”, eran pilas y pilas, pues eran como mil, pues 200 que le di a Gonzalo y se quemaron todos. Sí, en pilas sagradas y rezadas y todo lo demás. No quedó nada, Dos veces Alicia. Eso me enteré como 15 años después, pero él sí me lo confirmó.
M. V.: Bradbury ya estaba en su cabeza.
A. A.: Ah, no, el Bradbury. Fahrenheit, Fahrenheit, 451.
M. V.: Después de eso, usted se devuelve a Europa y aparece Dos veces Alicia, que es una novela, si se quiere, es decir, es una vuelta de tuerca sobre la anterior. Si Girasoles es, como usted describe, una novela muy loca, en Dos veces Alicia, es decir, hay una escritura, hay un ánimo explícito en cada página de romper la forma de escribir que veníamos heredando desde el siglo XIX. Es una novela, pero como golpeadora, muy impresionante esa.
A. A.: Pues es justo en el momento que llega Álvaro, le doy 40 páginas que tengo ahí en frío y en directo y él me dice, “esta vaina sí es buena, y es loquísima”. Y yo digo, “me sentí escritora”, Álvaro se va, y yo la escribía porque pasaban cosas por ahí. Estaba en Londres, estamos hablando de los años 68, 67, llegaron unos niñitos de pelo largo así, cantaban una cosita chiquitica, El marquí, y se llamaban Los Beatles, e íbamos a esa, una cosita así, como esto, y nos embaretábamos y veíamos unos niñitos que se llamaban Los Beatles, y cuando uno está ahí, nace ahí, y está en el sitio exacto, calcula. Y esa era la novela, lo que pasaba, yo lo escribía, y me iba para el parque y aparecía el gato, porque eran 100 años de Alicia, y todas las vitrinas de Londres estaban con Alicia, con El sombrerero, todas las vitrinas, y uno contagiado, y era mi ícono de pequeña, hicieron una cosa en televisión, Alicia esquizofrénica, terrible, era divino, y me contagié, entonces en vez de Bradbury, se me metía Alicia en la novela.
M. V.: Alicia, pero esta novela está llena de citas de todas partes, estoy pensando, por ejemplo, en un momento dado, que ella me pareció Hello Dolly, hay una loca que canta Hello Dolly.
A. A.: Hello Dolly, Hello Dolly, y ahí aparece, pues es que era el evento de mi vida y yo escribía, yo no sabía que eso era una novela.
M. V.: Pero hay dos temas que a mí me parece que son muy importantes en esa novela, que son temas vistos desde ahora, que es una… y estoy pensando otra vez en Colombia, pero eso era cierto de toda América Latina y de gran parte de España ni hablar. Usted habla en esa novela abierta, explícitamente y encubiertamente de drogas. La gente a su alrededor, como dice usted, se embaretaba, hay descripciones de un par de viajes, yo en un momento dado pensé, “jm ácido”, estoy pensando en Edna O'Brien, que es la única otra mujer que conozco ha que escribía sobre eso. Eso es, eso tuvo que haber sido…
A. A.: Eso, el paradigma se cambió, nos llamaron los hippies. ¿Ustedes se acuerdan de los hippies y de Los Beatles? Pues abrimos campo, acabamos con los paradigmas, inventaron “haz el amor y no la guerra”, salíamos a poner en los fusiles rosas y ojalá hoy ustedes los jóvenes hagan eso, salgan a poner rosas en los fusiles. Y cuando salgan pedradas de pobres imbéciles que les pagaron, ustedes les dan una rosa para el corazón, dejen de ser inertes, salgan a las calles, salgan, las mujeres y los hombres, jóvenes y demás, pero sobre todo los jóvenes, muéstrenle a este país que no son indiferentes, que salen como nosotros, que cantábamos, ¿no creen que no había policía o qué, cómo era? Poníamos las rosas en el fusil y ustedes salen, ponen la rosita en el fusil, un tipo les grita, otro tira una pedrada y se agarran a pedradas todos y llega el Esmad y ya, no, no, no. Salgan a la calle, canten, tengan esa solución de resistencia pasiva, pongan a Colombia en el corazón y grítenle a la policía, todos a voces, un millón, yo soy paz. A ver.
M. V.: Hay otro tema que usted aborda en esta novela de Dos veces Alicia, que por supuesto apela directamente a la gente joven de hoy, en un tema que ha sido muy complicado de tragar para las generaciones anteriores, que es la indefinición del género. Estamos viendo que los jóvenes de hoy se resisten a ser clasificados como ellos o ellas. No quieren ser educados o criados o considerados socialmente como alguien con un género establecido y eso es algo que está ahí claramente en Dos veces Alicia.
A. A.: Porque tienen todo el derecho, porque nacimos andróginos y nos ponen en un rol. Hoy en día es sabido, incluso por la ciencia y se nota en las calles, que los niños son femeninos y las niñas son masculinas. ¿Por qué? Porque hay un gen que se revirtió y hay una polaridad femenina y otra masculina. Desde muchos años atrás, Jung, el gran psicólogo que le dijo a Freud, “gracias señor, yo no puedo casar con usted” y era su gran discípulo, hablaba del ánimos y el ánima. Todos nacimos con las dos polaridades. Nos ponen la batica rosada o la camisita azul. Yo me acuerdo que era un sacrilegio ver un niño con una camisa rosada. No sé quién hay de mi generación, a ver. Entonces luego va cambiando, las polaridades de una manera genética hoy en día están revertidas. Yo insisto, me demoré 20 años para que un científico en un pueblo donde yo vivía, me oyó hablar ahí en un barcito, en un café donde yo voy y conversaba. Me dijo, “¿usted cómo sabe eso?” Era un hombre mayor. “¿Usted es científica?”, le dije, “no, yo soy loca”. Lo que pasa es que pues hay que decirle a la gente. Y después de que le dije, dijo, “¿sabe que tiene toda la razón?, ¿y usted cómo ha descubierto?” El tipo creía que yo era descubridora. Le dije, “no le digo que soy loca”. Y me dijo, “pero es que tiene toda la razón”. Y me habló con esa palabra “polaridad”. Todas estas niñas de hoy son masculinas en su polaridad. Y no me digan que los hombres no son femeninos en su polaridad. Vinieron a acabar con este machismo. Son niños sensibles, no femeninos. Con el alma femenina de la sensibilidad en el corazón. No pueden ser machos y las niñas están así. Porque necesitamos reivindicarnos las Amazonas, toda esa historia. Yo siempre dije que era andrógina. Bueno, nadie entendió la palabra, por fortuna. Por fortuna tenían que buscar diccionario en mi pueblo. Y creo que nadie fue al diccionario a ver qué era esa palabra. Pero tienen toda la razón. Es unánima, unánimos. Es una sensación genética. Hoy en día va más allá. Y mi libro último ni te lo imaginas. Esa es la transmisión de qué es femenino, qué es masculino. Y por qué tenemos, pues porque las mujeres paren. Los hombres lo han querido y quieren parir. Pero pues les tocó como que es muy largo. Pero reivindico desde Dos veces Alicia en el 70, qué es andrógina. Y no conocía a Joung tampoco.
M. V.: Dos veces Alicia es publicado por Parral. Esto no es poco decir otra vez. Cinco años después de que Arciniegas dijera públicamente que en Colombia no había novelistas y que había que castigar la novela colombiana, Parral, que en ese momento es, digamos, el prescriptor más importante en lengua castellana, dice, Dos veces Alicia.
A. A.: No, es muy lindo. No, nunca me leyó. Lo mandé y ocho meses después no lo había leído. Se lo mandé a Italia. Y llegué después de ocho meses a Barcelona y dijo, “¿Quién con…? Perdón”. Entonces dije, “no, una novelita que llegó hace ocho meses, dos veces”. Ah, me dice la secretaria, bueno, dice Carlos que ya te dirá. Y el lunes me llaman. “Oye, que aparezcas”. Y yo llego y Carlos Barral, me acuerdo, ese hombre, personaje, era como un capitán de barco y ahí viene Maqroll el Gaviero. Y dice, “Monse trae el contrato”. Yo casi me desmayo, físicamente casi me desmayo. Y le dije, “¿y por qué?”, y dijo, “me dio una gripa espantosa dos días y me tuve que leer su novela, traiga ese contrato que es la mejor escritora con mayúsculas”. Yo no pude hablar, yo me quedé muda. El hombre me dio lo que le dio la gana y yo no pude hablar nunca más. Carlos Barral era parte de Seix Barral. Su padre era el gran editor con el señor Seix. Leyó la novela porque le dio una gripa espantosa y porque, fortuna, antes de que le diera la gripa yo lo había llamado, el tipo dijo, bueno, leamos esto. Y me volvió la escritora. Mario Vargas Llosa y Albalucía. No, yo después de eso nada más. Entonces se quebró. No, por supuesto, no vendió.
M. V.: Dos veces Alicia, habría que decirlo ahora, no se consigue.
A. A.: No, pues es que nunca la vendieron aquí. El único libro que se ha vendido aquí es La pájara pinta. Gloria Sea hizo 100 mil copias y luego dos ediciones piratas.
M. V.: Hablemos de La pájara pinta, que es lo que sigue en el camino. Después de Dos veces Alicia, usted tuvo un accidente en España, brutal.
A. A.: Me morí, sí, y volví.
M. V.: Y La pájara pinta viene después de eso.
A. A.: Estoy muriéndome cuando escribo La pájara pinta.
M. V.: Ahí está. La pájara pinta es una novela también muy compleja, con una estructura complejísima, pero es una novela que no se parece mucho a las otras dos. Ahí hay otro tipo de trabajo, de percepción de la escritura.
A. A.: Yo me hice a la tarea de que tenía que contar mi historia personal y hablar de mí. Como dice Ortega, yo y mis circunstancias. Y hablar de mí era hablar de todo lo que me rodeaba. Y no pudo salir ni el conejo, ni la Reina roja, ni Alicia, por ninguna parte. O sea, yo no me pude permitir inventar, porque era la novela de mi vida, de la vida de todos nosotros en la época, y era histórica, y no pude inventar nada. Sufrí mucho, no pude utilizar casi nada de mi imaginación, porque me ajusté a la historia. Es más, una señora hermosa aquí en Medellín, Marta Luz Gómez, me pidió en Noruega, muchísimos años después, hizo una tesis sobre el sentido del humor de La pájara pinta, con todas esos muertos, esos cadáveres. Y dijo “Albalú, es que yo me moría de la risa” entonces, Camilo Calderón Schader dijo, “con ese perro humor pereirano que tiene Albalú, yo no me di cuenta, yo lloraba”. Pero dice que un perro humor tiene esa cosa. No me pude mover de la historia y no pude inventar. Por eso es tan distinta la novela. La imaginación no podía volar, yo tenía que contar, porque creí que me moría en el momento, y yo no me morí hasta escribir esa novela. Me gané el premio en Cali, porque alguien me dijo, vas a mandar la novela a Vivencias. Y dije, claro, no sé, no tenía idea que era Vivencias.
M. V.: Fue la segunda vez que se hizo ese premio, era una bienal de novela. Y bueno, ya que usted menciona ese premio, también me tengo que detener en ese premio, porque la historia es, como lo de Arciniegas, pero por diez. En esta ocasión, La pájara pinta no fue mención, sino premio. Y la prensa colombiana, si yo creía en las conspiraciones, creería que era una conspiración, pero no, no es una conspiración, era la vida como era, se lanzó masivamente a la destrucción del personaje. Pero con una sevicia sensacional.
A. A.: Tiene unos titulares fabulosos, en El Tiempo, pero así, a diez columnas. “Desvirolada es la más famosa”. “Desvirolada de Pereira gana premio”. “Cantante de rancheras gana bienal”. Sí. “Una mujer se gana el premio, según sus amigos es inteligente”, y seguía.
M. V.: Sí, pero fue una cosa verdaderamente... No fue una cosa... Es decir, ahí hubo, eso no es chistoso, yo entiendo que uno se suba en la idea de bueno, está bien, si usted quiere...
A. A.: En el momento no era para nada.
M. V.: Pero fue brutal, es que fue...
A. A.: Era en El Tiempo y en El Espectador y en el periódico de Cali más importante, Gloria Valencia de Castaño me llamó, sabía que yo estaba en Colombia, y ella me dijo, “Albalú, no puedo resistir los insultos, ven que te voy a hacer un programa”. Y me hizo un programa.
M. V.: Eran insultos.
A. A.: No, no, y lo que decía debajo.
M. V.: Y la comidilla, el cotilleo por debajo de la prensa, también era idéntico. En tono que creo que las mujeres escritoras ya conocen y saben que es usual, que esto es, ay, como plagiado, copió a alguien.
A. A.: Dijeron que lo había escrito el Gabo. Hubo gente que dijeron, uno de los jurados que fue mi profesor en los Andes, que dijo, “eso lo escribió el Gabo”. Ah, bueno, además de otras cosas.
M. V.: Eso lo tuvo que haber escrito alguien más.
A. A.: Que Gabo le había dicho a Mutis, a Álvaro Mutis, que era, “dale el premio a Albalú”, que entonces salió en los periódicos. Y hace dos años en Cali, uno de los jurados volvió a repetir a gritos, porque cuando me lo presentaron, yo no lo conocía a un poeta, me dijo, este es fulano, era uno de los jurados que había ahora, pues decimos, hace 40 años. Y cuando me dio la mano, no se la di, le dije, “sigo más loca que antes, maestro”. Y me eché para atrás. Y empezó a dar gritos y volvió a repetir en público que yo era no sé qué, que vaya pasado, que el premio… oiga, hace tres años lo volvió a gritar.
M. V.: ¿No le parece genial que no nos acordemos del nombre del señor?
A. A.: De cuyo nombre no quiero acordarme.
M. V.: Yo no sé quién era y tampoco lo volví a buscar.
A. A.: Y yo no lo conozco. Y entonces volvió a gritar. “Albalú sí era Gabo, le mandó”, y volvió al cuento hace tres años, igualito como antes, en Cali, a gritos. Ah, entonces, no se ha acabado la historia.
M. V.: No, pero claro que no. Entonces tenemos en este momento tres novelas publicadas, una que fue finalista del premio ESO. Digamos que usted ha tenido el aparato de detracción más grande en la historia de la literatura.
A. A.: Gracias, creo que me gané el premio, yo creo que me ha hecho campeona.
M. V.: Una segunda novela publicada por Barral, que se ha hecho muchos esfuerzos para… Sin embargo, esta novela es interesante, circuló… Alba Lucia sí dice que no se vendió y seguramente no se vendió, pero circuló en círculo de lectores. Ustedes, colombianos, todos saben que a nosotros nos enseñó a leer el círculo de lectores.
A. A.: No, lo que pasa es que había un amigo argentino que me quería mucho, escritor Alberto Custé, y trabajaba en círculo de lectores. Y sabía que no tenían un libro para ese mes. Que había uno y que eran dos. Entonces aprovechó y cuando dijeron en mesa de redacción, no hay, dijo, este, y era Dos veces Alicia. Y yo corrí con Mario Vargas Llosa, Pantaleón y las visitadoras, fuimos récord. Pues claro, con Mario. Y entonces me conoció la gente porque el libro del mes era Mario Vargas Llosa, Pantaleón y Dos veces Alicia. No, me llamó la gente, felicitamos, batimos récord. Para mí, pues, caída de las estrellas. Y eso fue Dos veces Alicia, fue un libro que dio récord, si aquí no se ha conocido.
M. V.: No, para nada. Después de ahí, viene, yo tengo en mi registro que Oh gloria inmarcesible es de después…
A. A.: No, Oh Gloria y Marcecible fueron colitas de las alas de Las alas de la pájara, volví a Colombia, tuve que estar nueve meses más. Y recorrí mucho el país y salió Oh gloria inmarcesible como cuentos, eran pedazos. Vi personalmente a la gente. Ahí mi hermana tenía una colona, una mujer que era colona, una mujer sanadora, y me dijo, aquí está fulanita, ella habla de cosas muy raras. Hablé con esa viejecita divina y me contó la huelga de Cali de lo que llamábamos colombina. El país creyó que eran dos meses, fueron nueve, y esa mujer había estado con su hijito que le llevaba de comer allá en esa huelga y me contó los muertos que había habido dentro, el horror, y el país nunca se enteró. Y yo puse colombina, la golosina de verdad. Y cuando ya había terminado el cuento, que se lo iba a dedicar a una señora de Cali muy importante, me dijo, eso parece un western recortado. Y así terminó el cuento, eso parece un western recortado. Y cuento la verdad absoluta de lo que entonces en un cuento, y empiezo a recorrer el país y voy al Chocó y son historias absurdas. Los cuentos también son muy locos, son muy inventados. Es una manera de contar cuentos que hasta ahora no he visto a nadie porque eran así. Había un muchacho que yo jugaba tenis y se llamaba Cachona, y yo me dice, me llamo Cachona. Y el cuento de Cachona es sensacional, un mocoso de siete años. Y después pasaban cosas, dediqué uno al Gabo. Yo pagué todas mis deudas de amor porque a cada persona importante de mi vida le dedicaba un cuento. Y fue muy importante. A Gonzalo Arango le dedico El guerrillero donde esté porque ya se fue Gonzalo. Y ahí dijeron pornografía en Colcultura.
M. V.: Lo publicó ahí ya.
A. A.: Gloria Zea.
M. V.: Lo publicó Colcultura.
A. A.: No, Gloria Zea, Colcultura no, Gloria. Se le pararon a Gloria a decirle que eso no lo podía publicar y lo publicó. Entonces dijeron “pornografía en Colcultura” y echaron a Gloria Zea de Colcultura.
M. V.: La pájara pinta también fue, pero eso era parte del premio publicado.
A. A.: Nunca me quisieron publicar, perdón, a mí no me publicaron La pájara pinta. Me gané el premio en Cali y dos años después no estaba publicado. Gloria Zea llega a Cali y le pregunta a las señoras de Cali, ¿qué pasó con el libro de Albalú? Dice que no lo quiere publicar nadie y era el premio. Y dijo: “Lo publico yo” y lo publica en Colcultura 100 mil ejemplares. Valía 10 pesos, eso valía una caja de fósforos. A los 15 días me escriben de Colcultura y me dicen, felicitaciones, su libro se agotó en 15 días y lo compró la gente de la calle. Los intelectuales no supieron nunca que ese libro existía. Creo que sí porque también tarde o temprano me echaron muchas flores, de esas que sabemos y nunca más se habló. Entonces, 100 mil copias. Después me sacó, me dijo, ¿qué más tienes Albalú? Le paso a Gloria y se le va encima a toda la gente, pero ella era la que manejaba y que no se puede sacar un autor dos veces. Apenas salí, “pornografía en Colcultura”. La pornografía era el cuento del guerrillero Gonzalo Arango, me imagino, porque hay una mujer que se enamora de un guerrillero que está casi muriéndose, lo saca, vive una historia bellísima de amor y termina tremendo porque sabe que van a venir a cortarle la lengua y yo le digo, ponte de pie, Felicidad Mosquera, mira sus ojos, van a venir a cortarte la lengua con los yagataganes. Y le empiezo a describir cómo se va a morir porque están tocando a la puerta y cuando ya se termina el pueblo, el cuento, le digo, abre la puerta, enfrenta sus miradas y uno sabe que la van a descuartizar. Eso lo pusieron en teatro en varias partes del mundo y eso era como que el cuento pornográfico, pero el cuento pornográfico realmente son 10 páginas de periódicos, porque no cuento el cuento, sino que pongo los periódicos, al revés, al derecho, al final, y era “el buque Gloria de la insignia de la Armada Nacional entra Nueva Yona, el Bicentenario, cargado de cocaína”, y yo puse, “oh gloria inmarcesible”, y el cuento se llama así. Y cuando me dijeron “pornografía”, dije, “¿cómo no va a ser pornografía, un buque cargado de cocaína? Claro que es pornografía”, pero destruyeron 100 mil ejemplares, hasta el año antepasado, que me sacaron, pero también se picaron 600 copias porque no cabían en bodegas del mismo libro que se desapareció hace 40 años. Es una buena historia.
M. V.: Sí, siguen picando.
A. A.: Siguen picando, siguen picando, Gloria inmarcesible.
M. V.: Siguen picando libros y usted sigue como en huida, después de La Pájara Pinta se vuelve a Europa.
A. A.: No, siempre me vuelvo a Europa, yo venía aquí de paseo.
M. V.: Bueno, es que es eso.
A. A.: Porque yo soy loca, pero bueno, yo no doy papaya, yo tenía que salir corriendo. Sigo corriendo, les digo la verdad, sigo corriendo.
M. V.: Bueno, ahí justamente era donde quería llegar. Esta conversación se llama Las Andariegas, y usted tiene una novela que se llama Las Andariegas, pero en realidad yo no siento que usted haya ido por el mundo andando, sino siempre corriendo, siempre huyendo.
A. A.: No, yo voy despacio, yo le digo a la gente en inglés, cuando son inglés, “don't rush, don't rush”, es como una mantra, “no corras, no querras”. Hoy corremos mucho, no, yo no voy tanto huyendo. En Europa nnadie me conoce, nunca nadie me conoció. Yo fui cantante toda mi vida, sigo siendo la cantante, estoy muy feliz de ser escritora por fin en Colombia, gracias. Pero... yo escribí un libro fundamental en mi vida, para mí es mi obra, es Misia señora.
M. V.: Vamos a ese, sí. Ahí en el 82 y en el 84 yo no he leído Misia Señora.
A. A.: Nadie la ha leído, gracias, no eres la única.
M. V.: Bueno, pero es que... que no salió, no salió nunca. Es genial eso.
A. A.: ¿Yo le cuento el cuento o no?
M. V.: Dele, por favor, pero es que quería que usted lo ligara con Barral, entonces arranqué, son dos novelas en dos años, Misia Señora y Las andariegas, que son cuatro o cinco años después de La pájara pinta y que también acaban en brazos de Barral, que acaba de abrir, a Barral lo votaron de su sello, como todo el mundo sabe, por incompetente.
A. A.: No, porque votó por Pepe Donoso con El obseno pájaro de la noche y le dijeron que no, que Pepe Donoso con ese libro y dijo “renuncio”, y se le fue al papá y armó Barral Editores. Si a él se lo botaron porque quería votar por Pepe Donoso.
M. V.: Pues Barral abrió en Argos Vergara un sello...
A. A.: No, lo llamó Argos Vergara y le dijo “por favor necesitamos un sello literario de prestigio”, porque ya estaban para abajo. Argos Vergara. Y el que hacía la colección fenice de prestigio era Carlos. Era él.
M. V.: Y allá fue a templar usted.
A. A.: No, yo terminé Misia Señora en Cadaqués y yo le dije a una amiga francesa que trabajaba en Argos Vergara. Ya me habían rechazado 10 editoriales y yo no podía más. Y me dijo, Carlos llegó a hacernos una colección y salí volando para Carlos. Y era muy grande el manuscrito y el hombre leía y leía y leía. Yo temblaba
M. V.: Sin gripa…
A. A.: Sin gripa. Y de pronto me dijo, “Albalú, no te me pierdas que me temo que te voy a hacer famoso”. Y era Misia Señora, se publicó y lanzaron ese libro. Nunca había lanzado yo un libro así en grande. Fue por toda España y Carlos Barral en el momento dice, “se acabaron los editores, quedan casas editoriales”. Estamos hablando del 82. Y un muchacho joven que hoy en día se volvió el famoso crítico y mucha academia, decía Luis Zuñén, “este es un libro de la mujer para la mujer, desde la mujer, que ningún hombre debe dejar de leer”. Y así se vendió. Ana María Mosh escribió “el antipanfleto femenino”. Me volví famosísima en el mundo. Fue impresionante. Pero pues allá. Y se quebró la editorial también. Pero él me dijo, “rápido, rápido, rápido, rápido, tenemos que hacer otro”. Y era Las andariegas, que lo había hecho en dos años en Londres, la acababa de tener y salió al otro día, primera vez en mi existencia. Y fue muy hermoso, le pedí a Lucy Tejada unos dibujos. Y es mi último libro hasta entonces. Tengo 15 más, pero nadie los publicó. Entonces Las andariegas…
M. V.: Me parece que ya ganaron, la conspiración ganó después de Las andariegas, ¿verdad?
A. A.: Sí, totalmente, claro. Pero le voy a advertir. Misia señora, es un libro que cuando Carlos me dice “te voy a hacer famosa”, y lo hace, en España, me mandaron a llamar de las universidades. Un señor en Madrid, en la Ateneo, era el que presentaba y me dijo, “señora, yo estuve en Colombia 20 años, soy académico de la lengua, y usted me mandó al diccionario muchas veces, porque creí que esas palabras no existían, pero quiero decirle que sí existen”. Ah, no, pues yo, sin habla, y después otro dijo, “Yo soy el marido de Carmen Laforet", que es la primera, que se gana el gran premio, la primera mujer, "usted va a ser una escritora increíble, olvídese, a usted no le van a dar flores, porque yo ya leí este libro, y esto es tremendo”.
Me lo dijo en el año 82. Y muchos escritores importantes estaban allí. Yo me sentí muy extraña en estas aguas de navegar en la academia, en señores tan importantes. Me acomodé, pero me vine a Colombia, y Carlos me dijo, el libro lo mandé a Colombia hace un año y no pasó, entonces, voy donde un señor que me da la dirección, y le digo, Carlos Barral, dice que si no va a mandar el libro a ninguna parte, ue si lo va a sacar. El hombre tiene un armario enorme, lo abre y dice, “¿esto?”, dice. Misia señora, Misia señora, “sí, eso”, dijo, “esa señora no nos interesa”. Y le dije, “bueno, pues me los da a todos, porque me los tengo que mandar a España”. Y dijo, “ah, sí, ¿y usted quién es?” Y dije, Misia señora. Entonces me dijo, “usted es amigo de Gloria Zea, fírmeme un libro que yo se lo llevo”. Y dije “No, Gloria, ya hace dos años tiene el libro, gracias”. Y me fui. Me llamó como seis meses después. Era una editorial muy importante, y me dijo, “¿Quiere venir? Le vamos a lanzar el libro. Esto es una primicia”. Y fui. Y le dije a Gloria Zea “Tiene que ir, porque le va a hacer un homenaje”. Ya la habían sacado del gobierno y de todo, y Belisario acababa de entrar de presidente.Entonces fui, y estaba todo el M19 de público. María Elvira Bonilla, había leído el libro, me tenía que presentar, se tragó la lengua, no literariamente, pero se la tragó, y no fue capaz de hablar. Y el tipo dice, “bueno, entonces vamos a un coctelito”. Y dije, no, yo voy a hablar. Y le hablé 20 minutos al M19, sobre las mujeres. Como dicen aquí en coloquial, les dije hasta de qué se iban a morir. Que por qué las mujeres y cómo que les hacían los sándwiches, se les vendían y les tenían los hijos. Y esos tipos, y de repente, se fue hundiendo María Elvira Bonilla y se hundió todo el mundo. Y yo seguí con el cuento. Cuando dijeron, presidente a bordo. Y era Belisario Betancur que había venido solo con un edecán, manejándole un carrito cuatro latas. Hacía ocho días era presidente. Primero protocolo, hablé con él. Gloria se voló, no quería ver a Belisario. Y le dije, “en fin, una cosa personal, usted qué hace ahí”, “Si se puede”. Le dije, “se puede qué”. Y al final le dije “que mi Dios lo coja confesado”. Y luego, se tiran esos tipos, todos los emes. Y yo tengo muchas fotos, los recorté a todos, porque me quedé Belisario y yo, y todos esos emes, no sé quién el otro. Y me dice Belisario de repente, “Pájara, camina para Palacio y hablemos con esta gente”. Le dije “¿Yo? No, pues que mi Dios lo coja confesado. Yo no voy a hablar con gente que hace tiros desde por… no”. “Pájara, vení, vamos”. Eso quedó en la historia. Ahora se los cuento por primera vez en mi vida. Yo no asistí al primer momento en que Belisario habló con el M-19. Porque vi no sé qué. Yo hubiera ido a esa reunión del primer encuentro de Belisario.No fui. Y pasó lo que pasó. Después me encontré gente del M-19. Un amigo, el otro aquí, se me montaban todos, llegaban a Londres, me los mandaba una amiga, todos los emes que iban. Y uno me dijo, “Carlos Pizarro nos hacía leer obligatoriamente La pájara pinta en las trencheras”. Esa es la historia de Misia señora. Cuando hablé con el M, presentó el tipo, la presenté yo a la Misia Señora, nunca salió a la calle. Nunca. Eso jamás salió.
M. V.: Después de eso, hay escritura y escritura y escritura y ya nada de publicación.
A. A.: Nunca, tengo 40 libros sin publicar. Son cuadernos, 28, cuadernos que pueden ser unas 800 páginas o un poco más. Tengo tres obras de teatro. Tengo una trilogía inédita que pueden ser 1200. La trilogía, la última, es de hace 10 años.
M. V.: Pero hubo una salida, una puertecita.
A. A.: Tengo poesía.
M. V.: Una puertecita, una chiquitita puertecita que fue la academia. Que en este caso, tenemos que decir, son los buenos de esta historia. Porque en un momento en el cual, exitosamente, me parece a mí, se había logrado, digamos, correr un tupido velo sobre su existencia.
A. A.: Muy linda frase. Correr un tupido velo sobre mi existencia.
M. V.: Tomada de los senos, pájaro de la noche.
A. A.: Tomada de los senos, pájaro de la noche.
M. V.: Alguien la llama, de la academia gringa, una muchacha boliviana.
A. A.: Chilena.
M. V.: Y le dice, yo la he leído. Y de pronto empieza usted una carrera alternativa muy extraña, muy, muy extraña, en la academia. Entonces tenemos a una, Albalucía, que es una cantante famosa. A una escritora colombiana inexistente, que no existe. Y a una escritora colombiana que es, digamos, una de las figuras más relevantes en estudios de género, en estudios culturales, en estudios literarios en Estados Unidos y en el mundo en general, pero sobre todo en Estados Unidos. ¿Cómo funciona eso?
A. A.: Yo llamé a una amiga en Barcelona. Tenía algo que hacer. Yo no tenía teléfono. Estoy de un teléfono público de esos que se descuelgan y uno no puede volver a llamar si le acabó la plata. Y le hice tres llamadas. “Mira, necesito la argentina”. Y hablé de esto mucho. Y de pronto como que a rastras, dijo, “mira, hay una chilena que te está necesitando, pero pues yo como vos no estás”. Y “¿cómo que no estoy”, ¿quién es la chilena?”, y me dijo, “vino a ver a la Peri Rossi, pero quiere verte a vos”. Bueno, no había manera. Yo vivía a 200 kilómetros, en Cadaqués. Y le dije, “¿y quién es?”, “no sé”. Decirle, bueno, es una cosa dura. Hasta que me dijo, “mira, se llama Gabriela Mora, es chilena”. “Decile, que venga”. Me llama Gabriela por intermedio del teléfono de la post office. Y le dije, “¿cómo me vas a conocer?”, y dijo, “¿cómo que cómo te va a conocer?” Dije, “¿vos me conoces para yo reconocerte en la estación de tren?”. “Claro”. Entonces vino, la puse en mi cuarto, que yo tenía dos pisitos, un colchón. Y le dije, “mira, abrí esto, que aquí hay muchos artículos sobre mi vida”. Eran los colombianos, desvirolada de Pereira y demás. Y no dormí porque la mujer le oía los gritos abajo que gritaba, “no puede ser, no puede ser”, se había leído todos los artículos. Furiosa, daba gritos. Y a las cinco de la mañana nos juntamos y dijo, “no puedo creer, vos con Dos veces Alicia”. Dije, “¿cómo que Dos veces Alicia? Si esto es La pájara pinta”. “Ah, no, yo vine porque vos sos la escritora con Dos veces Alicia”. Y yo ya estaba terminando Misia señora, Gabriela Mora era una mapuche indígena y me puso en el tope en Estados Unidos. Salía en todas las revistas literarias latinoamericanas, gringas, en Iberoamérica. Uy, sobre Dos veces. Y empezaron a salir tesis de maestría y tesis de doctorado.
M. V.: Antes de los 60 ya era materia de tesis en Estados Unidos.
A. A.: Era materia de tesis que una muchacha me dijo en Berkeley, no, en Princeton. “Mirá, sos número uno en la academia como mujer escritora latinoamericana. Sos el tope de la lista y no por orden alfabético. Y 20 años después me dijo, “seguiste en el primer puesto y no es por orden alfabético”. Debra Castillo, sí. Entonces, me empezaron a llamar de la academia. Yo me desaparecí 20 años, nadie supo dónde estaba yo. Aquí hay un primo mío que me fue a buscar a Asís tres veces y nadie me conocía. Y este hombre decía, sí, sí, pero se llama Albalú. Yo no era ni Albalú, ni se supe que yo era colombiana y además yo no hablaba. Yo estuve dos años sin hablar. Entonces yo tenía una franja aquí, yo era otra persona y nadie me descubrió nunca.
M. V.: Alba Lucía, ¿y esto tiene que ver con una carrera literaria que básicamente le decía a usted todo el tiempo, usted no puede existir, usted no puede ser escritora, usted es un reemplazo, como dice usted? Al final eso tuvo que haber sido, tuvo que haber cobrado.
A. A.: No, para nada, ¿cómo iba a cobrar si yo sabía quién era yo? Álvaro Cepeda me dijo, “eres una escritora”. Jorge Zalamea me dijo, “niñita, niñita, Los Girasoles no me gustó mucho.” Y dice, Jorge, además me lo escribió, Zalamea Borda. ¿Ustedes saben quién es Jorge Zalamea? Nadie habla de él en Colombia hace 50 años.
M. V.: No.
A. A.: Poco. No, no, no, un momento. Se ganó el premio Nobel de la Paz en Rusia, premio Lenin. Él escribió una poesía ignorada y olvidada. No, a Jorge Zalamea no se le ha dado el mérito que merece en este país, ni antes ni después de su muerte. Quiero hacer esa nota.
M. V.: Me parece muy bien que…
A. A.: ¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza!
M. V.: Que aprendí esta sesión de desagravio con usted…
A. A.: Y a Gonzalo Arango tampoco. ¡Qué vergüenza! A Gonzalo Arango también lo quiero desagraviar. El profeta. ¡Uy, maldito! ¡Qué vergüenza! Espero que los jóvenes puedan saber bien a fondo quién fue Jorge Zalamea, “el gran burundú, burundá, ha muerto”. Eran los dictadores. La canción de las escalinatas, es un poema como de 50 páginas. Eso es épico. Cállenlo. Ahora lo sacan porque ya hay que sacarla. La universidad está sacando. Lo sacó la Universidad de Los Andes porque le compraron los derechos, en fin. Pero es una vergüenza que no hayan sacado a Gonzalo Arango nunca porque era el loco, el nadaista. Léanlo a Gonzalo Arango hoy para que entiendan un mensaje de un visionario, de un profeta, con un arrastre y con un idioma. Bueno, hago ese paréntesis. Estoy avergonzada de que no se le dé. A mí los premios póstumos. Y los premios a los 90 años me ofenden. Le acaban de dar a Ida Vitale, una mujer extraordinaria, a los 90 años le empezaron a dar. Tiene 95, está viva. Y ya le dieron todos los premios que se ganó Elena Poniatowska, todos, porque a Elena le dieron los premios. Y Elena me decía, “pero está Monsiváis, oye, está Carlos Fuentes”. Se va a morir Carlos Fuentes, Elena. “Oye, pero es que está… Pues Paz”, pues Paz también se muere, Elena. Eso hace 30 años. Se murió Paz, se murió Monsivái, se murió Carlos… Se murieron todos. Y entonces sí le dieron los premios a Elena Poniatowska, a los 85. Y ahora a los 95 le están dando todos los premios porque quién da más. Porque con el me too la gente está como un poquito asustada y hay que darle premio a las mujeres, a ver, para que se callen. Y a Ida Vitale a los 95 le empezaron a dar premios, a mí me ofende. Señoras…
M. V.: Que haya mujeres en el canon.
A. A.: Señoras y señores, me ofende. Y que a Doris Lessing le dieran a los 86 años el Nobel de la Paz. Perdón, de literatura sudafricana fue el gran motor de las mujeres con un libro que se llamaba El Cuaderno Dorado, etc., Simón de Beauvoir. Viene la prensa en Londres, Doris Lessing viene del supermercado con sus talegas de plástico y dice, “ajá, ¿qué pasa?”, y le dicen, “señora, se ganó el premio Nobel, qué honor”. Y está, coge sus talegas y dice, “yo estaba esperando hace 30 años eso, ¿sabe? Estoy afanadita porque voy a hacer la comida”. Y les cerró la puerta. No, es ofensivo. Entonces, vienen estos premios, empiezan a pasar, el Rey que ha de pasar, y ahora las mujeres les dan esos premios. Con mucho gusto, pues, porque no hay lista para hombres, todos se murieron.
M. V.: Estaba pensando, bueno, yo quiero darle la palabra al público que estoy segura que tiene muchas preguntas. Pero yo quiero que hablemos de ahora, de una obra que hay ahora. Y de usted aquí, en Colombia, contando una historia. Después de haber...
A. A.: Sobrevivido.
M. V.: Sí. Después de haber sobrevivido.
A. A.: Sí, es mucho cuento. Estoy viva y coleando. Y a muchos no les gusta tanto todavía. Yo escribí una trilogía de 1.200 páginas, está viva. Me dieron una plata mis amigas de la academia y sacamos 100 copias. Me dieron 50. Se llama... Yo sabía que tenía que salir en el 2012, así fue. Se sacaron 100 copias. Yo repartí 50 al aire, a mi gente del mundo. Y se llama Tierra de nadie. Con Las andariegas, hay unas mujeres que vienen de las galaxias, cuentan lo que están viendo, no saben nada, y cuentan la historia a otras voces. Están viendo y son las pirámides de Egipto. Pasan por Grecia y son las olimpiadas. Van a la isla de Lesbos y es Safo, poeta. En fin, pasan por el mundo. Llegan a España y Teresa de Ávila saca brujas de los ríos. Las brujas, era que si no sabían nadar, peor para ellas. Eran brujas, si se ahogaban. Entonces, todo un cuento. Ve partir las caravanas de Colón, las caravelas, y esas son las andariegas. Y acaban en un país donde se caen dos torres, se desmoronan. Hay alguien de ellas, son cinco andariegas, y dice, eso era una ciudad, hay una estatua como con una corona y una torcha en el piso. Y esta mujer dice, “esta era mi abuela de la abuela de la Isabela”, me acuerdo, decía que esta ciudad se llamaba, y nunca se acuerda, era como el oro negro que había en ese momento. Nunca se acordó. Y yo describo en el año 82, la caída de las Torres Gemelas. Ahí se acaba. Ellas transitan por el mundo desde las pirámides del Egipto hasta las Torres Gemelas en New York. Hay unas cosas de ciencia ficción. Y la gente me empezó a decir en la academia, vuélvenos atrás las andariegas, vuélvenos. Entonces, Tierra de nadie son las andariegas que regresan y ya la historia es muy alta. Yo ya tengo muchos años más, esa parte esotérica interna ya ha crecido mucho y ese libro existe en una copia que es la que yo tengo. Y luego eso nace una cosa que se llama No hay mariposas en el bosque. Yo vengo a Colombia y pasa lo del cartucho con el misil que mandó Las Farc que hizo ¡plof!, pero mató a la gente del cartucho y al palacio le tumbó una cornisa. Entonces yo hablo de la matanza de la gente del cartucho. Me toca Bojayá y me cuento con unos niños ya muy alados, muy extraños. Estoy en Villa de Leyva. Hay festival de cometas, festival de no sé qué, lucecitas todos drogados, drogados. Yo hablo con ellos y me empiezan a hablar en un idioma y en una forma y se arma No hay mariposas en el bosque. Vuelve a ser Colombia, la patria, la patria de miseria, que decía el Gabo y esa novela es estremecedora, yo sé. Hace 30 años la volví a leer y me estremecí. Eran esos muchachos con al pie de la letra. Si hay un poco de sentido el humor y puedo armar otras cosas.
M. V.: ¿Ha sido humor pereirano?
A. A.: El perro humor pereirano, decía un amigo. Luego viene El regreso a la montaña, es mi autobiografía. Cuento lo que no conté, jamás no se va a saber bastante por qué ni qué es, pero por fin hablo de mí y todo está ahí. Y eso hace 10 años lo terminé. Lo he ofrecido a todas partes y no he tenido respuesta.
M. V.: Una última pregunta, ¿no hay manera de huir de Colombia, Albalucía?
A. A.: No, yo nunca huí de Colombia. Cuando Nélida Piñón me dijo, una brasilera que es muy importante, se volvió mucho y fue mi primer personaje, porque yo tengo un libro que se llama De vuelta al silencio. Fui de México a Buenos Aires a hablar con 30 mujeres. Hice entrevistas que hoy si las leen se van a asustar, de la visión de las mujeres en esa época. Me dice alguien en España muy conocido, “ah, mira, Elena Valenzuela y Luisa Poniatowska, dije no, Elena Poniatowska y Luisa Valenzuela”. No sabían quién era nadie. Hoy en día son Elena Poniatowska y demás, y Luisa Valenzuela Argentina. Mira, ese libro realmente De vuelta al silencio, 20 mujeres, las dejé en 20, es alucinante. Está en silencio. Y me ofrecieron las mujeres en Chile y en todas partes que me van a publicarla, leían la entrada que yo hice de 20 páginas y yo me cortaba la cabeza. Yo bajaba del podio a Octavio Paz. A Mario Vargas Llosa, a Carlos Fuentes. Les decía “¿cómo así?”. Y apenas leían eso decían, “uy, ni riesgos”. Está en silencio, De vuelta al silencio, es alucinante. Las escritoras hoy famosas, nadie las conocía, dicen las cosas futuristas más increíbles. Ese es mi mejor libro, el libro en que hablan las mujeres. Mujeres que ya murieron, cinco.Se tuvieron que morir una venezolana, la mujer de Octavio Paz, en fin. Estoy pendiente de que el libro de las mujeres de entonces, que son las visionarias en esas entrevistas, aquí hay tres, una de ellas, a mucho honor, se llama Olga Elena Mattei. Para mí es una de las grandes. Olga Elena estaba muy joven. Hay que ver lo que dijo. Yo saludo a Olga Elena con mi corazón. De manera que fíjese que no he podido publicar uno de los grandes libros, porque son 20 mujeres que no tenían voz, ahora la tienen, ya le dieron premios como el Príncipe de Asturias y como el Cervantes, Elena Poniatowska, pero tienen casi 90 años. ¿No les digo? Hay que esperar casi 100 años y salir de la tumba. Hay una mujer que se llama María Luisa Bombal. Escribió una novela que se llama La Amortajada. Y es una mujer que después de muerte empezó a hablar. Entonces yo hablo, en mi entrada De vuelta al Silencio, de esas mujeres que se callaron y se murieron calladas. Cuando vine ahora y me dijeron, “¡ay, qué maravilla!” Dije, “vea, yo estoy amortajada, pero muerta no”.
M. V.: Y no me voy a morir callada.
A. A.: No, yo nunca me callé. Lo que pasa es que yo nunca hablé. Ahora estoy hablando hasta por los ojos, porque hay que decirlo todo en vivo, en directo, para que no inventen cuentos ni chismes. Gracias por oír.
M. V.: Yo quería... Yo quería pasarle la palabra al público. A ver si hay alguien muy osado. Que les lleven el micrófono, por favor.
Público: Hola, maestra, un gusto. Yo no estoy de acuerdo con usted cuando usted dice que tuvo que esperar a que Samudio le dijera que usted era una gran escritora. Usted es una escritora sin que él se lo hubiera dicho. Lo primero. Y lo segundo, preguntarle por su relación con Elena Araujo. Yo hice mi tesis de doctorado en los Estados Unidos y es sobre Elena.
A. A.: Elena es una de las grandes mujeres de mi vida. Me encontré con ella cuando yo era una sardina [joven], como decían entonces, y ella ya no muy mayor. Y la encontré en Bogota. Y nos encontramos en todas las partes del mundo. Ella vivía en Ginebra y yo pasaba de Europa y siempre hay que pasar por Suiza. Y todas las veces que yo pasaba, la parada era en Ginebra. Elena es una de las mejores reportajes de mi libro De vuelta al silencio. ¡Ah! Se va a morir cuando lea lo que decía Elena. Fue un ser en mi vida, Elena Araujo. Y un día me bajaba, me bajaba. No estuve de acuerdo con La pájara pinta, no estuve de acuerdo con nada, me peleaba. Y finalmente la mandé a invitar a Inglaterra porque yo fui a dar de una manera extraña a universidades, sin diplomas. Pero yo fui a dar a Leeds University en Inglaterra y llamé a Elena. Estamos hablando del año 2006. Y llegó Elena ya muy, un poco mal, pero invité a Nélida Piñón y me dijo, estoy en Barcelona, me acaba de ganar el Príncipe de Asturias. Y estuve con Elena entonces y Luisa. Allí, Elena, yo leí ese libro de las escritoras y mi homenaje fue a Elena Araujo. Fue una mujer de una increíble capacidad crítica. Fue una mujer de una increíble… Ella escribió, yo saqué los girasoles en invierno, Elena sacó la M de las moscas y Fanny Buitrago sacó la cosa de los dioses, El hostigante verano de los dioses. Y Elena entonces quería ser cuentista. Era una crítica extraordinaria, una mujer muy formada y fue una gran amiga. Me fue a visitar a Roma, me fue a visitar a Londres y siempre me decía con mucho amor cómo podía yo ser tan loca y tan coherente. Le tengo ese respeto porque verdaderamente la crítica que armó Elena Araujo en su vida como escritora fue de lo excelente que era.
M. V.: Otra mujer que habría que reivindicar aquí y aprovechar este escenario porque tampoco se lee ni circula en Colombia, por supuesto, para nada.
A. A.: ¿Y es sorpresa para alguien o qué?
M. V.: No, no.
A. A.: Que las mujeres no circulen en Colombia en ninguna parte. Ahora sí, porque estamos hechas las furias, no sé si tirando piedra, pero sí estamos tirando palabra a palabra y sacando libros. Entonces, eso es bastante invasivo. Me too. Yo soy parte de ese Me too de ignorada. El tema era… Perdón.
Público: Historias de una andariega y generación sin nombre.
A. A.: Yo no tengo nada que ver con la generación sin nombre porque no aparezco en la lista. Pero sí tiene que ver con la… No, con generación ignorada, que es muy distinto. Y las mujeres, como Teresa Laparra, les voy a nombrar gente que ustedes no conocen. Teresa Laparra de Venezuela, María Luisa Bombal de Chile, María Luisa Mercedes Levinson, que escribía con Borges, la madre de Luisa Valenzuela. Estaba una mujer que se llamaba Antonia Palacios en Venezuela. Ahí está en mi libro, lo mismo que Luisa Mercedes. Estaba Elena Garro. Generación ignorada. ¿Ustedes conocen esos nombres? Pues cuando las leas, tú sí, porque hiciste en la Academia de Estados Unidos y allá están muy reconocidas. Estoy hablando de Colombia, de América Latina. La generación ignorada nos llamamos nosotras mujeres. La olvidada, no sé. Son muchos. ¿Qué más tienen? ¿Qué preguntas más? Dígame, ya.
Público: Pues primero que todo, gracias por darme la palabra. Yo tengo, por ejemplo, una duda. Que viendo todo lo que tú has vivido, lo que has experimentado y lo que has visto, ¿tú estás satisfecha con toda tu vida? Con todo lo que has hecho, vivido, experimentado.
A. A.: Hoy, si me dijeron mucho, mucho, mucho, creo un poco en eso de la reencarnación. He visto muchas cosas, pero creo. Vi la filosofía hindú. No es porque pertenezca a ninguna filosofía. Entonces me dijeron, cuando vuelvas, quieres volver. Cuando vuelvas, quieres volver a ser la misma ida. Dije, por supuesto. De pronto dije, no, no, perdón, perdón. Una todavía más tenaz. Estoy más satisfecha que nunca. Mi vida ha sido la loquera más grande y estoy feliz. Gracias por la pregunta.
