En esta conferencia dictada en Medellín, el historiador y autor de Sapiens explora una pregunta fundamental: ¿por qué los seres humanos dominan el planeta? La respuesta, según Harari, no reside en nuestra fuerza física ni en nuestra inteligencia individual, sino en algo mucho más sutil y poderoso: nuestra capacidad única para crear y creer en ficciones colectivas.
Una especie parecida a otras, pero diferente
Hace 100 000 años, el Homo sapiens era una especie más entre varias especies humanas que habitaban la Tierra. Los neandertales ocupaban Europa, el Homo erectus vivía en Asia, y nuestros antepasados se limitaban a una pequeña región de África Oriental. En aquel entonces, el efecto de los humanos sobre el ecosistema no era mayor que el de los chimpancés o los loros.
Hoy la situación es radicalmente diferente. Todas las demás especies humanas han desaparecido y el Homo sapiens se ha convertido en la fuerza dominante del planeta. Para ilustrar esta realidad, Harari ofrece cifras contundentes:
- La humanidad pesa en conjunto unos 300 millones de toneladas.
- Los animales domesticados (vacas, cerdos, pollos) pesan aproximadamente 700 000 millones de toneladas.
- Todos los animales salvajes juntos pesan menos de 100 millones de toneladas, es decir, menos del 10 % de los animales grandes del planeta.
Existen solo 200 000 lobos en todo el mundo, frente a 400 o 500 millones de perros domésticos. Hay 50 millones de pingüinos, pero 50 000 millones de pollos. En la Unión Europea, el número de pollos supera al de todas las aves silvestres combinadas.
La cooperación flexible: la clave del dominio humano
¿Cómo se produjo este cambio en un período evolutivo tan corto? Harari descarta la explicación tradicional de que somos simplemente más inteligentes como individuos. Si abandonaran a un humano y a un chimpancé en una isla remota para ver quién sobrevive mejor, el historiador israelí apuesta por el chimpancé.
La verdadera ventaja del Homo sapiens radica en su capacidad única de cooperar de forma flexible en grandes números.
Otros animales también cooperan, pero con limitaciones:
- Insectos sociales (hormigas, abejas): cooperan en colonias de millones, pero de manera rígida. No pueden cambiar su sistema social de un día para otro; cualquier modificación en su conducta requiere miles de años de evolución.
- Mamíferos sociales (chimpancés, lobos, elefantes): cooperan de forma flexible, pero solo en grupos pequeños de 50 individuos como máximo. Su cooperación depende del conocimiento personal entre cada miembro.
Los humanos combinamos ambas capacidades: podemos cooperar en millones como las hormigas, pero con la flexibilidad de los chimpancés. Alemania tuvo cinco sistemas políticos diferentes en el siglo XX (el Segundo Reich, la República de Weimar, el régimen nazi, el comunismo en Alemania Oriental y la república democrática reunificada) sin ningún cambio en el material genético de los alemanes.
El poder de las ficciones compartidas
¿Qué permite a los humanos cooperar con millones de desconocidos? La respuesta de Harari es la imaginación. Los seres humanos pueden inventar historias, leyendas y mitologías, y si suficientes personas creen en ellas, todos seguirán las mismas normas y valores.
Ningún chimpancé entregaría un banano a cambio de la promesa de recibir muchos bananos en el cielo de los chimpancés. Solo los humanos creen en este tipo de historias, y por eso controlamos el mundo.
Harari enfatiza que todas las formas de cooperación humana a gran escala se basan en ficciones compartidas, no solo la religión:
Los derechos humanos
Son una historia inventada, no una realidad biológica. Si abrimos a un ser humano, encontramos corazón, riñones, sangre y neuronas, pero no encontramos derechos. Los derechos existen únicamente en las historias que hemos inventado y en las que millones de personas creen.
Las naciones
Un río o una montaña son realidades objetivas. Colombia, Israel o Estados Unidos son historias inventadas por los humanos. Pueden ser historias beneficiosas, pero no existen fuera de nuestra imaginación colectiva.
El dinero
Un billete de dólar o de peso colombiano no tiene valor real: no se puede comer ni usar como ropa. Los verdaderos expertos en contar historias no son los novelistas, sino los banqueros y ministros de hacienda, que nos convencen de que un pedazo de papel vale diez bananos.
Las empresas
Toyota, Google o Microsoft son lo que los abogados llaman «ficciones jurídicas». Los abogados son los chamanes modernos, los creadores de entidades intangibles y poderosas (las corporaciones) en las que todos creemos y para las que muchos trabajamos.
Ficción y conflicto
La mayoría de las guerras no se libran por comida o territorio, como ocurre entre chimpancés. Se libran por historias incompatibles. El conflicto entre israelíes y palestinos no es por falta de espacio o alimento; hay suficiente de ambos entre el Mediterráneo y el río Jordán. El problema es que dos grupos de personas no logran acordar una historia común.
Europa, por el contrario, pasó de matarse por millones en dos guerras mundiales a convertirse en una de las regiones más pacíficas de la historia. La diferencia no está en que haya más territorio, sino en la aparición de una nueva historia poderosa: la identidad europea, con la que la mayoría de los europeos pueden identificarse.
La realidad dual del Homo sapiens
Los animales viven en una única realidad objetiva: ríos, árboles, leones, elefantes. Los humanos también habitamos esa realidad, pero hemos añadido una segunda capa: la realidad ficcional, compuesta por naciones, dioses, corporaciones, derechos humanos y dinero.
Lo notable es que, a medida que avanza la historia, la realidad ficcional gana poder sobre la realidad objetiva. Hoy, la supervivencia de los ríos del Amazonas, de los chimpancés y de los elefantes depende de decisiones tomadas por entidades ficcionales como Google, la Unión Europea o el Banco Mundial.
¿Cómo distinguir la ficción de la realidad?
Harari propone una prueba sencilla: la prueba del sufrimiento. Si algo puede sufrir, es real. Una nación no puede sufrir; decir que «Alemania sufrió al perder la Primera Guerra Mundial» es una metáfora. Alemania no siente dolor ni placer; solo las personas individuales pueden hacerlo.
Cuando el peso colombiano pierde valor, el peso no sufre; la gente sí. Cuando una empresa quiebra, la empresa no sufre; los empleados y sus familias sí. Cuando separamos a una vaca de su ternero en la industria láctea, ambos animales sufren de manera real.
Comprender esta diferencia es fundamental porque, con frecuencia, causamos un enorme sufrimiento a entidades reales (humanos y animales) debido a nuestra creencia en entidades ficcionales (naciones, dioses, corporaciones).
La cuestión del dominio masculino
En la sesión de preguntas, Harari aborda por qué los hombres han dominado la mayoría de las sociedades humanas. Descarta la explicación de la fuerza física: en las sociedades humanas y animales, el poder social no depende de la fuerza, sino de las habilidades sociales. El Papa Francisco no se convirtió en papa por ganar una competencia de boxeo, y el jefe de una organización criminal rara vez es el más fuerte físicamente.
Entre los bonobos y los elefantes, las hembras dominan a pesar de ser físicamente más débiles, gracias a sus redes de cooperación. La ciencia no tiene aún una respuesta satisfactoria a por qué esto no ocurrió en la mayoría de las sociedades humanas.
Lo que sí sabemos es que, por primera vez en la historia, las cosas están en proceso de cambio. El siglo XXI ha traído la mayor reconfiguración del equilibrio de poder entre géneros en miles de años, y las mujeres ganan cada vez más reconocimiento político, económico y social.
La genética de la edad de piedra en la economía moderna
Ante la pregunta sobre si existe una diferencia evolutiva que explique el poder económico humano, Harari aclara que los últimos miles de años no han sido suficientes para desarrollar nuevas características genéticas. La economía industrial global tiene apenas 200 o 300 años, un período insignificante en términos evolutivos.
Nuestros cuerpos y cerebros siguen adaptados para la vida de cazadores y recolectores de hace 20 000 o 40 000 años. Operamos una economía moderna con la misma base genética de la edad de piedra. Lo que nos permite funcionar en el mundo actual no es la evolución biológica, sino las nuevas historias que hemos inventado: la economía global, la bolsa de valores, el dinero.
La ficción como herramienta, no como fin
Harari no argumenta que debamos abolir la ficción. Sin historias comunes, no hay cooperación que funcione. La ficción es una herramienta, como el fútbol: todos saben que las reglas las inventamos nosotros y que podríamos cambiarlas mañana.
El problema surge cuando olvidamos que nuestras creaciones son ficciones. Entonces nos convertimos en esclavos de nuestras propias historias, dispuestos a matar y a morir por ellas. Cuando hay guerras por el fútbol (como ocurrió entre El Salvador y Honduras), algo ha fallado gravemente.
La clave está en recordar siempre la diferencia entre lo que es real y lo que hemos inventado. Solo así podremos reducir el sufrimiento que causamos a seres reales en nombre de entidades imaginarias.
Reflexión final
La conferencia de Harari nos invita a cuestionar las historias que damos por sentadas. Los derechos humanos, las naciones, el dinero y las empresas son herramientas poderosas para la cooperación, pero debemos recordar que las creamos nosotros. Al final, como señala el historiador, cuando necesitamos responder preguntas importantes, debemos cruzar los límites entre disciplinas: no hay una frontera real entre la biología y la economía, entre la filosofía y la política. Esos límites también son historias que nos hemos contado.
