Esa idea que cruzó por tu mente seguro fue vista, antes que nadie, por un lápiz. A lápiz se han esbozado las máquinas voladoras que nos han llevado por el cielo. Como los bocetos de automóviles o trajes submarinos de Leonardo Da Vinci, o los primeros apuntes de la teoría de la evolución que Charles Darwin dejó en las bitácoras de su travesía por las Galápagos. En momentos de abatimiento, diría Vincent Van Gogh, “el lápiz se vuelve ligeramente más ayudante”, y con su punta afilada retrataría a un hombre joven con pipa o a las casas de campo parisinas. Para dar vuelo a las palabras, dice la escritora Wisława Szymborska, “valdría la pena mordisquear, de vez en cuando, el lápiz y mirar desesperado por la ventana.
¿Hace cuánto nos acompaña este instrumento para crear?
Un depósito de grafito fue descubierto en Inglaterra en 1564 y allí empezó la era del lápiz —palabra del latín: pequeño pincel—. Los primeros eran palos de grafito afilados, tardaríamos dos siglos en darles una carcasa de madera.
El primer lápiz moderno fue pulido en las manos de Nicholas-Jacques Conte, inventor que formó parte de las tropas de Napoleón Bonaparte.
En 1795, Conte tostó una mezcla de agua, arcilla y grafito en un horno a 1.900 grados Fahrenheit. Luego tomó la combinación blanda y arcillosa y la encerró en un marco de madera. El sombrerito de borrador, arriba de su cuello de lata, llegó después: antes de 1770, las personas usaban trozos de pan para borrar las marcas.
El grafito, una de las formas más blandas del carbono, es ideal para su construcción: los átomos forman capas apiladas en hexágono. Al tocar el papel, por la fricción, una capa se transfiere a la hoja y deja un rastro.
Con líneas tímidas o punteadas, la humanidad trazó a lápiz el origen de sus invenciones. A lápiz hicimos los primeros dibujos en la infancia y con él aprendimos a escribir nuestro nombre. Podríamos decir que fue un primer mejor amigo, uno que no temía al error. Con su rastro de grafito subrayamos libros, a lápiz marcamos la ruta para un regreso.
“Un lápiz nuevo es una forma de dicha. Es un placer tachar con él la palabra que no encaja, el adjetivo traidor”, escribió el ensayista Vicente Quirarte.
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