En los territorios del Sur, en los que se amalgaman los saberes ancestrales, las heridas coloniales, la ciencia, lo espiritual y la fantasía, vivimos una explosión de creaciones desde las artes, la música y la literatura, en la que se imaginan otros futuros posibles. La literatura de ciencia ficción aporta a este estallido creativo.
Durante el ciclo SUR-Ficciones en Exploratorio, taller público de experimentación del Parque Explora, conversamos con Luis Carlos Barragán, escritor nómada e ilustrador colombiano de ciencia ficción. Es autor de las novelas Vagabunda Bogotá (2011), El Gusano (2018), Parásitos Perfectos (2021) y Tierra Contrafuturo (2021) y es ilustrador de la portada del libro El tercer mundo después del Sol, antología de cuentos de ciencia ficción latinoamericana compilada por Rodrigo Bastidas.
¿Cuáles son los principales temas que trabaja la ciencia ficción de Sur global? Teniendo en cuenta que hablar de esta categoría es muy amplio, porque cada territorio tiene sus particularidades, pero seguramente hay una unidad en esa diversidad.
Uno de los temas más recurrentes de la ciencia ficción del Sur global es lo decolonial, revisar las heridas que ha dejado el colonialismo. Hace poco leía Frankenstein en Bagdad, que busca resignificar la guerra: cuando Estados Unidos llegó a Irak, mató mucha gente y eso comenzó a volverse un caos de milicias chiita, sunitas, radicales… Un montón de gente matándose una con otra y se arma un Frankenstein hecho de víctimas, que busca matar más gente para ponerse, por ejemplo, nuevas manos, pero esas manos cargan el dolor y las ganas de venganza.
En la India se está produciendo mucha ciencia ficción y mucho de eso tiene que ver con su pasado de colonia británica, pero también se trabaja la pobreza, el subdesarrollo. En Latinoamérica estamos pasando por algo similar, una especie de batalla con nosotros mismos de resignificar la ciencia ficción, la tecnología, la ciencia; especular sobre nuestros propios futuros; repensar todas las ideas de la ciencia ficción en nuestros territorios.
Hay un intento por superar al padre, a esos países coloniales que supuestamente se inventaron la ciencia ficción, porque sabemos que muchos pueblos han tenido formas de literatura propias que se acercan, pero de una forma distinta a la moderna de las máquinas del tiempo, de los viajes interespaciales y los extraterrestres. De alguna manera tenemos un afán de contar nuestras propias historias.
Pero también hay gente que se sale totalmente de esas narrativas y quiere hablar de otras cosas, como de tecnología en sí misma, de historias un poco más desligadas de los problemas de la historia y de la identidad.
¿Qué caracteriza a la ciencia ficción de estos territorios? ¿Cuáles son las particularidades que la diferencian de la ciencia ficción tradicional?
En la ciencia ficción creada en estos territorios hay una cercanía con la magia. Aquí la ciencia ficción no está purificada, no es el paper científico con la nave espacial que tiene que ser científicamente posible y probable. En Latinoamérica hay un diálogo con lo mágico, con lo fantástico: lo que opera la nave espacial es algo mágico, un dios africano que es capaz de integrarse con la inteligencia artificial. Incluso hay un diálogo con lo espiritual. Cito a Rodrigo Bastidas, que es un súper teórico de la ciencia ficción, él dice que una de las características más comunes es que en Colombia tenemos una afición por lo espiritual, por explorar las relaciones de lo espiritual y lo religioso con la ciencia ficción, y eso se ve desde René Rebetez ,que tiene un montón de cuentos sobre el zen con la inteligencia artificial.
También hay una pregunta por otras formas de entender el tiempo…
Eso apenas se está empezando a trabajar. Yo en estos momentos estoy en un proyecto que es justo sobre eso, preguntándome por cómo se entiende el tiempo y el futuro desde comunidades indígenas, desde lo ancestral. Es un espacio de exploración que está virgen.
Estuve viendo el trabajo de Yásnaya Aguilar sobre la tequilogía, esta idea de que el futuro y el pasado no necesariamente son una línea, en la que en el futuro tenemos el progreso y en el pasado tenemos a los bárbaros, esa forma de entender el tiempo hace falta trabajarla, pero seguramente muchos de nosotros lo estamos haciendo. Yo tengo un libro de ciencia ficción El gusano, en el que la verdadera transformación es que la gente se puede comunicar de manera total, la gente se fusiona. Es ver la tecnología de otra manera, entender que el verdadero desarrollo está en entendernos, en comprender quiénes somos y acabar con la guerra, en vez que el desarrollo sea tener mejores iPhone y cosas así.
Veo mucha curiosidad por lo ancestral, hay un montón de personas trabajando la ciencia ficción ancestral, ¿qué habría pasado si fuéramos una potencia? ¿Si los indígenas hubieran ido a la Luna? Hace poco me leí un libro del escritor cubano Erick Mota que se llama El foso de Mabuya, publicado en Colombia por Ediciones Vestigio. Es sobre un mundo en el que no existe Estados Unidos, sino que hay una confederación de tribus en Norteamérica. La Gran Colombia nunca se separó. La primera nave espacial se llama la estación Pachamama. Es una idea muy interesante porque transforma la perspectiva de quién tiene el poder. Yo creo que esta es una herida que todo el mundo quiere sanar. ¿Qué tal si nosotros somos la potencia? ¿Qué tal si las cosas son al revés? Hay ciencia ficción en la que los aztecas atacan a España y tumban las iglesias y construyen pirámides.
Hay una cosa que ahora está de moda y es la idea del new weird, Ramiro Sánchez es su gran defensor y él habla mucho sobre lo raro. Llega a un punto en el que ya no es ciencia ficción dura sino que es un poco ciencia ficción de los sueños, en el que el futuro está perdido y el tiempo se recorre más en círculo o hacia lo profundo, no en una línea recta sino hacia el interior y todo está enrarecido.
También hay mucha crítica al colonialismo y al capitalismo en la escritura.
¿De qué manera las condiciones sociohistóricas inciden en la ciencia ficción del Sur?
Hay un escritor de ciencia ficción de Medellín que se llama Cristian Romero que escribió Después de la ira, en la que hay una compañía como Monsanto que controla la producción de alimentos y solo hay unas semillas identificadas, que fue lo que pasó con los TLC. Él hace una reflexión sobre eso muy interesante, cómo es vivir si dependemos totalmente de una empresa que nos da de comer. Se sale de control y todo el mundo es pobre. Es un análisis de cómo estos tratados de libre comercio supuestamente nos iban a hacer mejores porque eran parte del desarrollo, pero realmente resultan en el enriquecimiento de unos pocos que son los dueños de las empresas y en el empobrecimiento de la gente.
También está el trabajo de Andrea Salgado, ella tiene un libro sobre la comercialización de la vida a través de las plataformas, se llama La lesbiana, el oso y el ponqué. Hay una chica que comparte su vida y tiene usuarios, que se sincronizan con ella y viven su vida, pero entonces todo depende de los likes y de cuántos seguidores tiene y de cuántas personas habitan en su vida. Por supuesto todas las escenas y lo que pasa en su vida es comercializable.
La lucha está presente en muchos escritores, la idea de pelear contra el poder, de las injusticias, de la pobreza.
¿Cómo aparecen las luchas políticas de los movimientos sociales retratadas en la literatura de ciencia ficción?
Todo mi trabajo es súper LGBT porque yo soy bisexual y he hecho parte de esa lucha. En Colombia hice parte de un colectivo de chicos trans y me pareció súper interesante pensar esto en el futuro, ¿cómo va a evolucionar la idea de que hay un hombre y una mujer? Y más si uno lo compara con biología, con biología extraterrestre… Todo esto se puede desarmar de una forma muy interesante en la ciencia ficción. El libro La lesbiana, el oso y el ponqué tiene mucho que ver con eso, también el libro de El Pornógrafo. Pero en muchos casos se trabaja de una forma muy tangencial, es decir, el tema aparece, pero no es el centro de la historia. En el futuro eso no va a importar porque ya superamos ese problema.
También hay mucha ciencia ficción feminista, desde la que se intenta repensar las cosas que están sucediendo con las luchas de las mujeres. En Estados Unidos están Octavia Butler, Ursula K. Le Guin. En Latinoamérica también hay escritoras que están haciendo cosas maravillosas, les recomiendo un podcast que se llama Las Escritoras de Urras, en el que leen cuentos de ciencia ficción escritos por mujeres. Hace parte de esas luchas imaginadas en el futuro.
¿De qué manera escribir ciencia ficción desde los territorios del Sur puede ser un acto político?
Viviendo en Colombia durante casi toda mi vida tengo la sensación de que tenemos un problema de imaginación, de que no podemos ver la escala grande, porque solo vemos el día a día, lo que sale en las noticias, que es la guerra y los problemas. Hay una idea de que no hay futuro, que los políticos son incapaces de solucionar los problemas. Vemos a la democracia como un sueño que no se puede realizar muy bien, pensamos que tomar nuestras propias decisiones es una ficción.
Creo que imaginarnos futuros donde eso se puede cambiar e imaginarlo en detalle es algo que vale la pena hacer. Esa es mi apuesta política: intentar imaginar más allá de la distopía, más allá de que no podemos hacer nada, que no hay futuro. Yo por eso estoy muy conectado con la tequiología, la anarquía, la tecnología ancestral, donde no necesitamos estos sistemas de gobierno sino que nos inventamos unos nuevos en los que tenemos agencia, en los que realmente somos nosotros los que tomamos las decisiones y no unos representantes.
Hay un problema de poder y por eso me gusta mucho la idea de anarquía, sobre todo relacionada con la tecnología tipo inteligencia artificial, solarpunk, la independencia alimentaria, el cambio climático. Pensar que podemos tomar decisiones en las que solucionamos problemas como el capitalismo, solucionamos la producción acelerada de basura.
Yo me lo imagino una construcción muy lenta, tal vez en 100 años esto va a eclosionar en un futuro de apoyo mutuo y de tequilogía, pero desde mis posibilidades limitadas como escritor, creo que mi trabajo es imaginar.
¿En qué momento de la historia de la ciencia ficción del Sur se da una ruptura con la ciencia ficción tradicional? ¿Cuándo empezamos a crear y no a imitar? ¿Dónde podríamos identificar esos puntos de giro en los que entendemos la importancia de contar nuestras propias historias, de narrar nuestros propios paisajes?
En el pasado, la literatura de ciencia ficción en casi todo el continente fue un intento por imitar el tipo de ciencia ficción que se producía en Gran Bretaña y en Estados Unidos, que eran los que mandaban la parada durante mucho tiempo, incluso a finales del siglo XIX y principios del XX. Hay algunos libros de ciencia ficción en México, en Chile y Colombia que son un intento por remedar a Julio Verne. Hablan de temas similares, pero la idea de que esto tenga que ver con nuestros problemas locales no aparece tanto, puede que aparezcan lugares reales, como Barranquilla, Ciudad de México, pero no necesariamente está nuestro contexto.
Yo creo que el cambio sucede en los años 60 y 70, con el movimiento hippie, la idea de la posmodernidad, cuando empezamos a revisar y valorar lo qué hacían los indígenas, las ideas de revolución, la música.
Más adelante va surgiendo el trabajo de varios escritores. En Colombia está René Rebetez, que realmente él ya la tenía clarísima desde el inicio, tiene un texto sobre ciencia ficción en el que se hace la pregunta de cómo debería ser la ciencia ficción producida en Colombia, cómo podemos crear nuestro propio lenguaje. Después de él hay un momento de un vacío. Está Antonio Mora Vélez, que es un poquito parecido a la ciencia ficción típica, pero situada en el Golfo de Morrosquillo o en Tolú, pero con ángeles y cosas raras.
El cambio ya comienza a suceder en los 2000 en Colombia, pero en otros países de Latinoamérica, como Argentina y Cuba, ya tenían una conciencia más clara de esas cosas desde antes. Por ejemplo, Cuba tuvo una fuerte influencia de la ciencia ficción soviética, entonces estaban en el lado contrario, estaban en la utopía socialista. Tienen una historia de la ciencia ficción mucho más rica.
En los años 60 empezamos a pensar quiénes somos nosotros.
Algunos libros que nos recomiendes...
Colombia
Iménez, de Luis Noriega
Zen'nō, de Karen Andrea Reyes
El pornógrafo y Traumatismo pancreático, de Hank T. Cohen
La lesbiana, el oso y el ponqué, de Andrea Salgado
Cuba
El foso de Mabuya, de Erick Mota
Uruguay
Las imitaciones y Un pianista de provincia, de Ramiro Sánchez
Chile
Ygdrasil, de Jorge Baradit.
Argentina
Kalpa imperial, de Angélica Gorodischer.
Irak
Frankenstein en Bagdad, de Ahmed Saadaw
Egipto
Utopía, de Ahmed Khaled Towfik
