Cuando sientes RABIA el corazón retumba, te sudan las manos, incluso tiemblas. Se incendia tu estómago, la espalda y la mandíbula se aprietan. Y sobre todo si alguien te dice «Oye, cálmate» o «Pero no tienes por qué enojarte».
¿Qué pasa en tu CEREBRO?
Ante una amenaza o frustración se activa el SISTEMA LÍMBICO, ese sótano cerebral capaz de tomar el control sobre la razón, donde se fabrican los recuerdos y las emociones.
Allí, en los fondos de tu cabeza, reposan un par de almendras, una en el hemisferio derecho y otra en el izquierdo, son tus AMÍGDALAS CEREBRALES, que te ayudan, por ejemplo, a crear y fortalecer los recuerdos emotivos.
Estos ramilletes de neuronas participan en el surgimiento de la ira y su expresión más intensa: la agresión. La ESTIMULACIÓN de estas zonas conduce a una honda sensación de peligro, temor o rabia.
Con otras dos regiones cerebrales, el hipotálamo y la sustancia gris central, las amígdalas configuran un sistema de respuestas ante las amenazas que nos hace paralizarnos, huir o atacar.
Al parecer este sistema es MÁS REACTIVO en personas con mayor tendencia a la ira y la agresión, como quienes padecen trastorno de estrés postraumático.
Pero podemos regular estas y otras emociones con la corteza prefrontal, la zona del cerebro más cercana al rostro y capaz de CONTROLAR la ACTIVACIÓN del sistema límbico.
En esta zona ocurren los procesos RACIONALES. Nos permite entender la amenaza o frustración detrás de la rabia para modificar nuestro estado emocional, mecanismo psicológico llamado REVALUACIÓN.
La corteza prefrontal también interviene en otro modo de REGULACIÓN EMOCIONAL más costoso y menos saludable: la supresión. Consiste en eliminar el comportamiento relacionado con la emoción, aunque esta persista internamente.
El cerebro nos confiere la capacidad de sentir rabia y, también, de encauzarla para CAMBIAR algo.

