Pequeños, delicados y protectores, los peces payaso nos subrayan OTRAS FORMAS de ser padre.
Antes del desove, el macho despeja y limpia un pedacito de roca lisa u otra superficie dura cerca de su ANÉMONA, ese pariente de las medusas que, en una relación de mutuo cuidado, se convierte en su hogar, el mismo que, con sus tentáculos urticantes, PROTEGE a los futuros pececitos.
Una vez preparado el nido, la hembra pasa nadando varias veces sobre él y empieza a poner los HUEVOS, esferas gelatinosas, naranjadas y brillantes de 3 a 4 milímetros, mientras el macho los fecunda conforme van saliendo y los ABANICA con sus aletas para oxigenarlos.
Es el macho quien se encarga de cuidar los huevos fecundados hasta que eclosionen, que pueden ser cientos o miles según la especie. Como centinela de tiempo completo, nada cerca de ellos, vigilando que ningún peligro aceche. Además, los VENTILA con sus aletas y los MORDISQUEA suavemente para mantenerlos limpios.
Luego de seis a diez días, unas horas después de que cae la noche, cuando los depredadores no pueden verlas con facilidad, las larvas empiezan a salir de sus huevos. El macho agita sus ALETITAS con mayor fuerza para crear corrientes que les ayuden a los chiquitines a romper la gruesa cápsula que los recubre. Y NO solo cuida los huevos que engendra.
A diferencia de la mayoría de peces, ADOPTAN HUEVITOS huérfanos de manera incondicional, espontánea y esmerada. Les brindan los mismos cuidados que a su descendencia, sin importar si son primerizos o experimentados.
Además, los papás también pueden ser MAMÁS. Los peces payaso viven en colonias con una clara jerarquía: una hembra dominante, de mayor tamaño, un macho reproductor y varios machos más pequeños. Cuando la hembra fallece, el macho más agresivo y grande del grupo cambia su sexo para convertirse en la nueva matriarca.
Los fondos del océano también nos recuerdan que no existe PATERNIDAD sino PATERNIDADES y que el signo más rotundo de la vida es la diversidad.

