El reto de transmitir en vivo y en directo desde cualquier calle, esquina, plaza o lugar de la ciudad fue el motivo para reunirnos y experimentar en mayo de 2017. Perdimos la señal, la recuperamos, y así vamos evolucionando y construyendo esta radio que recorre las manzanas buscando historias.
Como excusa para despertar conversaciones y activar la acción y la participación en el espacio público, se construyó la primera radio ambulante con Radio Surófona. A través de un ejercicio de inclusión ciudadana se logró, mediante un formato abierto y experimental, encontrar historias que contaron la realidad del barrio, el sector o la ciudad misma, haciendo radio libre y ambulante.
Con esta primera experiencia, la Radio Surófona activó otras acciones de colaboración. El CISC + Laboratorio de Ideas, con el el apoyo de Altair y Radiolibre, convocaron a un grupo de personas con diversos intereses y saberes para reinventar y transformar el dispositivo de la radio, crear los contenidos y documentar el proceso. El reto fue transmitir en vivo y en directo, liberando el espectro y ampliando y amplificando las voces para los oyentes presentes en una manzana.
En esa ocasión, Carlos Hoyos Bucheli, de la Estación CKWEB, nos compartió la siguiente reflexión sobre las radios libres y experimentales:
A primera vista la radio parece entendida y restringida a la condición de medio masivo de comunicación. Ahí aparece atrapada por las lógicas de un entramado comercial que circula músicas chatarra y humor de bajo calibre mientras vocea el desbarrancamiento de la nación futbolera, cercada, en apariencia, por su paradigma de producción, como parte de la industria cultural y el diseño de escenarios y roles concretos: la emisora/cabina, allí donde la voz sucede, el contenido se fabrica y la audiencia se taguea.
A pesar del paradigma, los escamoteos al modelo radial son habituales y las mutaciones cada vez más radicales. El “giro de tuerca” y la emergencia de modos otros de producción hoy son mucho más evidentes… Nuevos no, para nada. La Radio Miseria (Techotiba, Bogotá) viene radiando desde finales de los noventa, década en la cual las radios comunitarias comenzaron a asociarse (AMARC); y los hackeos a los radiorreceptores se pueden rastrear en las cartas y registros de la Radio Sutatenza, entre muchísimas más operaciones de resistencia, organización y apropiación de tecnologías que podrían citarse.
Esa fractura se crea, en parte, cambiando la manera en que nombramos lo que hacemos para hacer lo que queremos. Desmarcarse en términos del lenguaje moviliza los modos de comprensión y, en ese movimiento, las prácticas mismas se redefinen y expanden.
De radio no sé todo lo que quisiera (y así me pasa con todo), pero está claro que la apuesta no consiste en inscribirse en un campo hegemónico y tradicional de regulaciones excluyentes y relaciones de poder que canibalizan a los sujetos. No se trata de “la radio” como dimensión y espacio reservado de la “producción cultural”; se trata, más bien, de la acción y la manifestación; en concreto, se trata de radiar.
La premisa cambia con el giro: se trata entonces de crear los medios propios para radiar, para emitir y amplificar; para vincular, conversar y producir; para hacer y ser sujetos políticos en escucha y enunciación creativa, crítica y colectiva. En ese desplazamiento de la palabra (radiar), la práctica se reformula y se hace plural y diversa (prácticas radiofónicas); colapsan los presupuestos de la disciplina, la tecnicidad específica y la profesionalización, para abrirse de tajo (con micrófonos y todo) a otros modos de producción y a estrategias híbridas de creación. Así, las prácticas radiales, transdisciplinarias y colaborativas, se vuelcan sobre su materialidad sonora y se desbordan en operaciones de hackeo y cacharreo; en procesos de intervención, de gestión del encuentro y participación, de resistencia y (re)existencia; de exploración de los lenguajes y dispositivos que movilizan voces y verdades.
En esta poética/política de la tecnología/lenguaje, del medio mutado y mutante, del dispositivo que se desliza ágilmente para improvisar escenarios de enunciación, hay una cantidad enorme de versiones que proyectos como Mutó, la radio se empeñan en cartografiar y visibilizar: la Radio Va-llena, colaboración caleña, y su búsqueda de herencias y resistencias entre el Chocó y la Sultana, que continúa generando múltiples encuentros radiofónicos, emergencias de relatos de un territorio poco conocido y lejano; Radio Efecto Sonoro, que supera los obstáculos impuestos por una geografía agreste con un dispositivo radiofónico móvil de encuentros y conversaciones veredales, memorias de un territorio, y, con ellas, el "Balsófono" que amplifica los sonidos del Carare (Santander). Y en el caso bogotano, por nombrar solo un par, La Vox Populi y sus procesos colectivos, que abordan diferentes realidades barriales en territorios habitualmente excluidos, propiciando, a través de la radio y de operaciones como la "Mochila Sonora", escenarios de exploración y creación, pero, sobre todo, de organización comunitaria; y, finalmente, en el caso que me compete (por ahora), la Estación CKWEB, un proyecto de la convulsionada Fundación Gilberto Alzate Avendaño, que recibió su primer impulso vital de Luis Fernando Medina ("Luscus") y que hoy continúa proponiendo dinámicas de exploración sonora y creación radiofónica, así como estrategias de intervención en el espacio público y espacios abiertos a la ciudad como su nueva cabina de producción radial.
Todos los anteriores proyectos, autónomos, autogestionados o financiados (como quieran), aparecen latentes en la pantalla del radar radiofónico, en potenciales conexiones y diálogos que poco a poco se van concretando. Porque la apuesta es de carácter rizomático, de múltiples sinapsis, de radios de radios que le van dando forma a un aparato de plataformas y estrategias múltiples que retumba fuera de campo, ruidando desde la exterioridad, como un altavoz colectivo y consciente del poder de sus propios decibeles.
