Niñas grandotas. Ellas son como tú: personas con talentos desde la infancia. Gracias a un entorno estimulante pudieron explorar en libertad, y alejadas de estereotipos, sus propias preguntas e intereses.
Débora María Tejada Jiménez, es la primera mujer graduada en Matemáticas en Antioquia
"Era la única mujer que estaba estudiando el pregrado". Después de obtener su título en la Universidad Nacional de Colombia sede Medellín, hizo dos doctorados, uno en Álgebra y otro en Topología, una "geometría más abstracta".
Por más de 35 años se dedicó a la docencia universitaria y a investigar la Teoría de nudos: "Imagine una cuerda con varios nudos que tiene las puntas pegadas. La teoría de nudos se preocupa por entender si un nudo puede transformarse en otro sin despegar las puntas de la cuerda", explica ella. Hoy, se usa esta teoría en campos como la física cuántica, la genética molecular e incluso en la astronomía para entender la forma del universo.
"Si usted quiere, puede estudiar lo que sea, con tal de que lo haga bien y esté contenta", le decía su mamá, Sonny Jiménez Arbeláez (1922-2014), primera ingeniera civil de Colombia y defensora de los derechos de las mujeres que ayudó a fundar la Asociación Femenina de Profesionales de Antioquia. "Me decía: 'Débora, las matemáticas no se memorizan; se entienden. Y, si tú las entiendes, no se te van a olvidar'".
Su papá, el ingeniero José Tejada Sáenz (1919-2011), también fue fotógrafo y aficionado a la astronomía. "Era un encarretado por todo. Con él aprendí incluso de abejas, porque hasta llegó a hacer apicultura".
Se preparaban en familia para los eclipses estudiando hasta tres meses antes y buscaban en los cielos de agosto la lluvia de meteoros de las Perseidas: "Nos acostábamos en algún sitio oscuro al aire libre en el campo y el que iba viendo una estrella la iba contando. Era la felicidad. Todos esos estímulos me fueron entusiasmando por la naturaleza y por tratar de entender las cosas".
"Me dieron esa tranquilidad para poder escoger. Así como lo educaron a uno, uno vuelve y educa". En la universidad Nacional, Débora fue maestra de más de cuatro mil estudiantes.
Verónica Botero Fernández: primera mujer decana de la Facultad de Minas de la Universidad Nacional
Es ingeniera civil, magíster en Cartografía Geológica y doctora en Geografía. Fue la primera decana de la Facultad de Minas de la Universidad Nacional de Colombia, la primera escuela de ingeniería de Colombia y una de las más antiguas e influyentes en América Latina; por 131 años el cargo había sido ocupado solo por hombres.
Ha sido profesora e investigadora de esta universidad por más de 20 años: "Enseño a trabajar con mapas digitales que sirven para hacer planificación urbana o entender sismos, inundaciones, deslizamientos y hasta la salud de las plantas".
Recuerda haber crecido en libertad, explorando en la finca de su abuelo materno, paseando con su abuela paterna por la selva y las playas de Bahía Solano, Chocó, y leyendo con su mamá cuentos infantiles, como "El negrito zambo" o "El rabanito que volvió". Dice que, con la lectura, su madre le ayudó a descubrir que existía una vida más allá de la propia.
También recuerda los juegos con el baúl de su tío Juan José: "Él era, y sigue siendo, un apasionado de la mecánica. Tenía toda clase de herramientas y pedazos de cosas que me dejaba desbaratar y volver a armar. Yo pasaba tardes completas jugando con lo que había en ese baúl".
Desde hace 20 años vive con su esposa, la ingeniera Ana Leiderman, con quien tiene una hija de 17 años y un hijo de 14. En 2014, después de años abriéndose camino entre apelaciones, tutelas y litigios, un fallo de la Corte Constitucional le permitió a Verónica ser reconocida también como madre legal de ambos, un caso histórico en la reivindicación de los DERECHOS de la población LGBTIQ+.
"La crianza es siempre aprendizaje y enseñanza. Cuando mis hijos me hacen preguntas que no sé responder, les digo 'Uy, venga averigüemos'. Si no sabemos, aprendemos juntos".
"A los niños y las niñas hay que permitirles explorar sus pasiones y darles los medios para hacerlo. Hay que presentarles personas que les hagan decir 'Si ella lo logró, yo también puedo'".
Lina Pinto García: investigadora del conflicto y la leishmaniasis
La investigadora Lina Pinto García, luego de graduarse de Biología y hacer una maestría en Biotecnología, viró hacia las ciencias sociales e hizo otra maestría y un doctorado en Estudios Sociales de la Ciencia y la Tecnología.
Por 10 años estudió la relación entre el conflicto armado y la Leishmaniasis, enfermedad cutánea transmitida por moscas selváticas, estigmatizada como la "enfermedad de la guerrilla". Entre otros asuntos, Lina exploró cómo el Estado ha puesto enormes barreras para el acceso al tratamiento siguiendo una peligrosa lógica contrainsurgente. Con base en su investigación, escribió el libro "Maraña, guerra y enfermedad en las selvas de Colombia".
Fue una niña viajera. A los 12 años ya conocía Amazonas, Chingaza, Nuquí, entre muchos otros lugares. Hacía caminatas con su abuelo Simón y su papá Juan Alfredo. "Me permitieron exponerme a una realidad muy distinta a la mía". No solo viajando, también leyendo: "En mi casa siempre veía a gente leyendo".
"Mi mamá, Clemencia, y algunas de mis tías maternas fueron un modelo para mí de mujeres que lucharon por su autonomía, por su independencia y por defender sus propias ideas".
También agradece haber estudiado en un colegio que apreciaba por igual las artes y las ciencias: "Recibí una educación que estimulaba la curiosidad, favorecía la interdisciplinaridad y valoraba que nos hiciéramos preguntas complejas".
"Para formar niñas fuertes, independientes, autónomas y libres, debemos facilitar entornos en los que, sin importar el género, puedan explorar lo que les guste".
Ahora, con la Universidad de York y el Grupo de Neurociencias de Antioquia de la UdeA, investiga cómo el contexto del conflicto armado en Yarumal, Antioquia, ha moldeado la experiencia del Alzheimer hereditario, la producción de conocimiento neurocientífico y las soluciones tecnológicas en desarrollo para tratar o prevenir la enfermedad.
Lauren Flor Torres: investigadora de otros sistemas solares
Lauren Flor Torres estudió Física en la Universidad del Valle. Quería hacer su trabajo de grado sobre meteoritos y el Servicio Geológico Colombiano le ofreció una extraña roca hallada por campesinos en Boyacá. Para su alegría, confirmó que venía del espacio.
Fue una mujer quien la motivó: Adriana Ocampo, colombiana experta en geología espacial y científica de la NASA por más de 20 años. Entusiasmada por descubrir que una paisana estudiaba meteoritos, logró comunicarse con ella y participó en una salida de campo al Cauca a recolectar muestra de posibles zonas de impactos. "Adriana ha sido un referente para toda mi carrera", dice.
Ganó una beca para hacer su maestría y doctorado en Astrofísica en la Universidad de Guanajuato, México. Desde entonces estudia, por ejemplo, las estrellas y planetas de otros sistemas solares y hoy es profesora de la Universidad de Antioquia.
Recuerda que de niña se engolosinaba con los libros que había en casa porque su papá, José, había empezado a estudiar Ingeniería Mecánica, carrera que tuvo que dejar de lado para sostener a su familia.
Lauren se maratoneaba el Álgebra de Baldor como si fuera Netflix: "Sentía la alegría más grande cuando encontraba el resultado correcto". Se quedaba en casa con su mamá, Silvia, y, leyendo de todo un poco, le preguntaba lo que no entendía. Nunca un "No sé" fue un muro; juntas buscaban lo desconocido. También recuerda los juegos numéricos que le proponía John, su tío político y profesor de Matemáticas.
"Debemos escuchar a las niñas y los niños, apoyarlos, estar muy presentes, darles opciones para que sean ellas y ellos quienes decidan. Lo importante es que sean felices".
Lauren, además, es presidenta de ASTROCO, Comunidad Colombiana de Astronomía, y cofundadora de CHIA, Colombianas Haciendo Investigación. "Me gustaría mucho traer la astronomía profesional a Cali y al país, sobre todo a las zonas rurales".
Paula Zapata Ramírez: investigadora de los suelos oceánicos
En el mar, como en la tierra, hay un mundo de cordilleras, cañones, valles, fosas profundas, llanuras abisales y cadenas de volcanes submarinos. Desde el Laboratorio de Robótica Submarina de la Universidad Pontificia Bolivariana, Paula Andrea Zapata Ramírez, Ph.D. en Biología Marina y profesora de la Escuela de Ingeniería, nos cuenta sobre su trabajo como cartógrafa del océano.
En el mar, explica la investigadora, también hay que contar con un plan de ordenamiento territorial como ocurre con los barrios en las ciudades, especialmente para monitorear actividades como el buceo, el turismo, la pesca artesanal y la pesca industrial, el desarrollo de infraestructura en aguas abiertas y la vigilancia de las áreas protegidas en el país.
El sonido puede dibujar un coral, un arrecife o una montaña en el fondo marino. Lo hace con ayuda de ecosondas: el sonido viaja a través de las columnas de agua y, cuando llega al fondo, retorna a los sensores de las embarcaciones. “La información que viaja acústicamente también nos permite entender cuál es la dureza del fondo, dónde hay arenas, dónde hay rocas, dónde hay limos”, cuenta.
El fondo marino es, también, un entorno observado con atención por los robots. Con los ROV (vehículos operados remotamente), investigadores e investigadoras como Paula Zapata consiguen obtener filmaciones de si hay, por ejemplo, ventilas o fuentes hidrotermales. Estas grabaciones, en conjunto con la información acústica, permiten crear los mapas del fondo marino.
“A los 13 años hice mi primer curso de buceo y desde ese entonces siempre supe que me quería dedicar a las ciencias del mar. Mi abuelo era buzo deportivo. Desde muy pequeñita estoy debajo del agua”, recuerda Zapata. Hoy es la jefa investigadora de varias expediciones y es integrante como coinvestigadora de dos exploraciones que harán en el barco del Schmidt Ocean en el cañón del Amazonas y en la cordillera submarina Vitória-Trindade del Atlántico Sur.
