¿Recuerdas cuál era tu dino favorito? Pudo ser el enorme tiranousaurio rex, el hábil velociraptor o el braquiosaurio, con su largo cuello para alcanzar las hojas más altas de los árboles. La fascinación por esos lagartos que dominaron el planeta durante 165 millones de años son, con frecuencia, nuestro primer acercamiento a la ciencia. ¿Por qué muchos niños y niñas recuerdan los nombres de docenas de especies y pasan horas asombrados por ese mundo de reptiles antiguos?
En la primera infancia aprendemos con juegos basados en la imaginación. Antes de los seis años es muy probable que una niña o un niño haya desarrollado hiperfijaciones o intereses INTENSOS, conceptos que en psicología describen nuestras obstinaciones más fuertes. Y los dinosaurios son una posibilidad de aprender, con preguntas sencillas —¿cómo eran?, ¿qué comían?, ¿dónde dormían?—, palabras especializadas como signos de un conocimiento selecto. Al igual que las estrellas o las naves espaciales, estos reptiles ofrecen un mundo concreto, clasificable y fantástico. un mundo que se puede conocer a partir de, por ejemplo, los tamaños, los colores o las formas.
Los intereses intensos estimulan la confianza, la atención y el desarrollo de habilidades del pensamiento y del lenguaje. Mucho de lo que somos en la adultez inició en esas primeras indagaciones obstinadas en las que pasábamos horas frente a un libro ilustrado o escuchábamos alguien que nos leía en voz alta.
“Los dinosaurios son algo más que las estrellas carismáticas del tiempo profundo. Si te interesan los extremos, entre los dinosaurios se encuentran las criaturas más grandes que han pisado el planeta y, también, casi las más pequeñas. Desde Da Vinci, y mucho antes, los humanos han estado fascinados con el vuelo autónomo, algo que no hemos podido lograr sustancialmente. Los dinosaurios lo hicieron hace 150 millones de años”, escribe el paleontólogo Kenneth Lacovara.
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