¡Deja el drama! Haz popó fuera de casa

Lo bello no huele, ha dicho la cultura desodorizante. El olor como sospecha de imperfección, no solo ha rentabilizado nuestros llamados desperdicios -en industrias alquímicas millonarias que van de los abonos fecundantes a los perfumes- sino que nos ha llevado a un acto categórico: cerrar.
Echar llave, no solo a baños y sepulcros, adornados con las mismas flores y mármoles, sino a nuestros orificios, en especial a ese sistema de anillos vascularizados que terminan en el ano.
El órgano del terror. Cerrado y abierto por nuestros placeres y miedos. Dos centímetros estriados, domesticados por un orden también sexopolítico que ha expulsado, casi siempre hacia adentro, alegrías y desgracias.
Esta estrella final por la que salen heces incluye dos esfínteres que controlan las deposiciones. Aquellos “restos de tierra”, 54 kilos por persona al año o, en una vida, 4 toneladas que, dicen, no se deben ver.
A medida que ha crecido nuestra capacidad de ver el mundo, con grandes ojos para detectar microbios o lunas, ha crecido la obsesión por ocultar el desecho, en especial las heces oprobiosas e inciviles.
Luego de la digestión -los que comen carne tardan más de seis horas en digerir un trozo- el canal anal recibe las heces y, si lo permite nuestro cuerpo social disciplinado, las suelta.
Esta semaforizada autopista de salida tiene dos esfínteres: uno interno, liso, y otro externo, estriado, conectados con el sistema nervioso. El interno, regulado por mecanismos no conscientes, y el externo que relaja y expulsa voluntariamente, según autorizaciones entre el cerebro y el intestino.
Hay tensiones de viaje o de novios debutantes, contenciones en camas o en mercados… Influyen los aprendizajes pero también el cambio de estímulos -lo doméstico libera-, de dieta, de flora intestinal y el estrés.
El sistema digestivo tiene una extensa red de neuronas y células de glía y solo el intestino produce más de 20 tipos de hormonas, entre ellas la serotonina y dopamina, y más de 100 billones de bacterias a las que debemos la digestión y la fortaleza inmunitaria.
Así que repiensa tu popó. No lo retengas por pena ni lo maltrates. Recuerda que lo propio de lo que se expulsa es ¡volver!
¡Te necesito mi moco!

Sin moco no hay salud. Ni placer. No solo sale por la pirámide de la nariz, que ya merece altar. Participa del sexo, de la mirada húmeda en los ojos, del gusto en la boca, del placer de comer, de expulsar, de oler. Sin moco que lubrique, entibie y atrape, la tecnología corporal quedaría varada, seca e inservible.
Un elogio a esa fábrica de moco que es la nariz. Sin ella el rostro deambularía anónimo y sin carácter. Su relojería incluye turbinas óseas diminutas como los cornetes, alfombrados de tejidos eréctiles. Los mismos de los órganos sexuales. Por esto se activan y pueden expulsarse mocos nasales en momentos de placer.
La nariz tiene un tapete de finísimos pelitos llamados cilios que expulsan los mocos a 1.5 centímetros por hora. Este fluido sedoso se desplaza con todo lo que atrapó -incluidas bacterias y virus- hacia la punta de tu nariz o la parte posterior de la garganta.
También tus mocos pueden tener polvos primitivos y muy antiguos. Cada año caen a la Tierra más de cinco mil toneladas de polvo extraterrestre de unos 4.500 millones de años. Es polvo de asteroides, el primer polvo que se formó en la nebulosa solar con partículas de hasta 100 micras de tamaño como algunos virus.
Cada minuto entramos a los pulmones 10 litros de aire que, de no estar filtrado por los mocos, pasaría muy sucio a los pulmones y permaneceríamos enfermos.
Estos protectores de los pulmones son casi siempre blancos e indicadores de buena salud. Los líquidos y transparentes son propios de los alérgicos. Y los espesos, amarillos y verdes, algunas veces con sangre, son señal de que el cuerpo intenta defenderse de una infección.
Cuando los sientas secos, no los desprecies. Sácalos como si fueran diminutas joyas y, si estás de buen ánimo, mírales sus formas, sus colores. Tal vez revelen lo que te trajo el airea. Los mocos, como todos los fluidos del cuerpo disciplinado, han sido vistos con asco. Pero deben ser reivindicados. Así que suénate con amor.
Peos, peítos y peotes: un homenaje.

Los gases son una escandalosa buena noticia. Es el reporte cantado de las bacterias que trabajan en un intestino sano fermentando los alimentos, principalmente fibra, esencial para la salud de la microbiota intestinal. Así que se trata, casi siempre, de un proceso digestivo natural y saludable.
Pero la higiene moralizante nos ha enseñado que el cuerpo admitido es el cuerpo silencioso, el cuerpo que no secreta, el cuerpo sin orificios ni emanaciones inciviles. Sobre todo en las mujeres cuyos olores han sido disciplinados para no destruir el deseo masculino, dejando de lado los olores fecales de los hombres y sus efectos.
Disimulados, negados y en todo caso contenidos durante la interacción social, los gases son, a pesar de tus esfuerzos, inevitables. Sobre todo en las noches, cuando duerme el autocontrol, los flatos nacen como flores bacterianas que riegan en el aire un litro de gases por día, lo que equivale, en promedio, a entre 10 y 20 pedos o peos -pedas es borrachera en México- más voluminosos en los hombres pero con mayor concentración de compuestos azufrados en las mujeres.
El olor viene del 1% de su volumen, formado por azufre, principalmente sulfuro de hidrógeno, que según narices de alta resolución huele a huevos podridos. Por metanotiol que huele a vegetales descompuestos y dimetilsulfuro, de olor dulce según expertos entrenados por la medicina oriental para detectar anomalías. El 99% está formado por gases inodoros: nitrógeno (50%) y por oxígeno, dióxido de carbono, hidrógeno y metano.
Las bebidas con gas y los lácteos pueden aumentarlos. También comer rápido y tragando aire.
Las fibras y polisacáridos pueden incrementarlos pero si el consumo de fibra disminuye, las bacterias se alimentarán de mucus, un protector que alfombra el intestino y pueden surgir inconvenientes.
Vivamos con mayor naturalidad y repensemos el asco, una emoción moral que nos informa quiénes somos. La repugnancia establece lo puro y lo impuro y configura un nosotros impoluto y un ellos sucio, emparentado con violencias racistas, sexistas y, en cualquier caso discriminatorias, que han desatado toda clase de tragedias. ¿Dónde están los asquerosos judíos? Preguntaba Hitler.
