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Fotografía intervenida. En el cetro una franja naranja que bordea algunas estructuras en donde se encuentran escaleras, coches y ventanas.  - Imagen Un laboratorio para pensar la esencia local

Un laboratorio para pensar la esencia local

El verdadero laboratorio es el que experimenta en el territorio mismo


Por Camilo Cantor

Coordinador del Exploratorio


Hoy, escuchar términos como laboratorio, makerspaces o hackspaces es más común que hace algunos años. A estas expresiones se les suman otras como STEAM, DIY, DIWO, startup, que aluden a estrategias, acciones o lugares que, al parecer, están enmarcando una nueva forma de hacer parte del mundo.

Aunque parecen contener ideas novedosas —algunas incluso lo son—, la mayoría apelan a asuntos que resultan cercanos desde siempre, con la diferencia de que ahora se presentan con términos contemporáneos. Vale la pena hacer el ejercicio de comparar algunos de estos vocablos, para darnos cuenta de que sirven para describir realidades que están en la base de nuestra cotidianidad. Basta con mirar los barrios altos de Medellín, que son un laboratorio vivo de experimentación en arquitectura: territorios que se expanden diariamente, casas en las que se usan materiales, tecnologías y metodologías que desafían los límites legales y convencionales del establecimiento.

Las plazas de mercado, con sus lógicas de puestos distribuidos —llenas de procesos organizacionales y estrategias de intercambio de todo tipo de productos—, también podrían ilustrar algo similar al actual modelo del coworking, el makerspace, hackerspace o medialab como espacio para la creación. Así, nuestro día a día en estas sociedades latinoamericanas está mediado por la inventiva criolla, gracias a esos hackers urbanos que resultan siendo los cacharreros, personajes que han hecho de cualquier rincón un lugar creativo para solucionar problemas en sus territorios.

 

Las palabras

Antonio Lafuente, en su texto La cocina frente al laboratorio, describe la cocina y sus similitudes con los actuales espacios maker: “De todos esos espacios, ninguno es más antiguo que la cocina. La cocina tiene muchas identidades: dispositivos de alimentar, corazón del hogar, prisión doméstica, espacio de sociabilidad y, desde luego, laboratorio casero. La kitchen es un espacio plagado de máquinas y artefactos altamente tecnológicos. También es un espacio para hacer pruebas, innovar procedimientos, contrastar recetas y, en consecuencia, puede ser visto como un lugar donde desplegar modos de sociabilidad experimental y abierta. La cocina es un espacio hacker donde todo está al servicio del usuario y ningún diseño parece lo bastante inflexible como para no adaptarse a las demandas emergentes”.

Hace unos años el artista colombiano Alejandro Duque cuestionaba los nacientes medialabs de la siguiente manera: “La palabra es adoptada casi siempre de manera irresponsable al desconocer las raíces e intenciones de aquel MediaLab del MIT (Instituto de Tecnología de Massachussets) que difiere diametralmente de las necesidades locales en nuestras sociedades del sur”. Esta afirmación invita a preguntarnos cómo hemos adoptado estos conceptos o ideas en un contexto latinoamericano; cómo los insertamos en nuestros territorios involucrando los saberes propios o, en definitiva, si son una serie de prácticas cotidianas nombradas de formas diferentes.


Errar haciendo

El Exploratorio de Parque Explora, con su filosofía de la cultura libre y el aprender haciendo, ha ido consolidando, desde hace dos años, un espacio donde personas y comunidades —entre la itinerancia y la recurrencia— se reúnen a prototipar ideas y a desarrollar proyectos y procesos en red que tengan impacto en los territorios. Allí, el errar haciendo ha sido el protagonista, y el camino para pensar la cultura de los pares, donde todos somos necesarios en la medida en que tenemos algo que decir, algo que aprender y algo que enseñar.

En 2016, tras la apertura del Exploratorio, la artista colombiana Ingrid Cuestas, junto con más de quince colaboradores entre los que había diseñadores, arquitectos, cocineros y entusiastas de la ciudad, desarrolló el laboratorio "La Buena Chepa", que consistió en la intervención artística alrededor del desperdicio en la cadena de consumo de alimentos. Durante este encuentro, propuso una estructura portátil diseñada para la experimentación, creación e intervención urbana, que fusionó arte contemporáneo y culinaria y se convirtió así en una acción política urbana desde el arte y la cocina.

El proyecto "Taller de construcciones colaborativas" (2017) en Moravia experimentó con diferentes metodologías de trabajo colaborativo, documentación, mecanismos de asociación con actores del territorio y conocimientos técnicos de construcción de micro-arquitecturas con materiales de fácil acceso y transformación.

Estos son solo algunos ejemplos de los proyectos desarrollados en estos dos años de funcionamiento del Exploratorio, un laboratorio para re-pensar un lab de esencia local, con la posibilidad de tejer una red de confianza con colectivos, personas e instituciones y comprobar que la cultura experimental no cabe en el laboratorio: lo desborda”. El verdadero laboratorio es el que experimenta en el territorio mismo.