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Neurociencia y danza

Al bailar, el cerebelo y el cerebro se convierten en sofisticados coreógrafos.

Suena esa salsa, con sus timbales, y dos personas se miran de reojo. Los dedos comienzan a seguir el ritmo dando toquecitos sobre la mesa. Alguien da el primer paso

En el cerebro, cuando bailamos, ocurre también una invitación: señales eléctricas viajan desde nuestra médula espinal, en bucle, desde el oído y los ojos hasta el cerebelo, y los impulsos incitan a los músculos al movimiento. Cada giro o pirueta es una conversación entre los cuerpos y las neuronas. Entonces, ¿quieres bailar?

Bailas al ritmo del cerebelo

Llevar el compás con el cuerpo es un rasgo evolutivo de nuestra especie. En el vermis anterior, una parte del cerebelo que hace las veces de metrónomo, los pasos de baile se coordinan con la música.

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Los músculos atienden estas señales y envían otras más de retorno que el cerebelo, como coreógrafo, usa para mantener el equilibrio y afinar el movimiento.

El cerebro danza y calcula

El lóbulo frontal sigue el hilo de esa balada o bolerito, evalúa las indicaciones del espacio —en dónde estamos, qué tanto podemos extender un brazo o menear la cabeza sin chocarnos — y trae a la mente la imagen de acciones anteriores para establecer qué músculos contraer y de qué manera. La verdadera coreografía, como ves, ocurre adentro.

Es probable que la danza fuera, para nuestros antepasados, una forma primitiva de lenguaje. En el cerebro, las neuronas espejo nos ayudan a traducir los movimientos de los demás para sentirlos como propios. Redes cognitivas y emocionales se activan al observar a nuestras parejas de baile.

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“El baile es una magnífica herramienta de exploración, de cuestionamiento, de comprensión, de inteligencia y de expresión. Cada paso de baile genera descubrimientos y nuevas relaciones insólitas en nuestro cerebro inconsciente gracias a mecanismos que desconocíamos hasta hace poco”, dice la neurobióloga Lucy Vincent.

Por eso, quizás, entendamos al baile como un asunto tan cercano al amor y al coqueteo. Ya decía el neurocientífico colombiano Rodolfo Llinás que amar es cerebralmente un baile y hay que bailar con el que pueda danzar con el cerebro de uno.

“La única forma de ascender es la danza. Y la risa es una danza sin reglas”, escribió la poeta Cecilia Pavón.

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Ilustración. En el centro, aparecen de perfil y en primer plano una mujer y un hombre que se miran de frente. De sus cabezas, que están abiertas, sale una figura miniatura y de cuerpo completo de cada uno. Las figuras bailan. Abajo un texto dice: "¿Bailamos? Neurociencias del baile".